En la democracia que tenemos por la más antigua de la historia, la de Atenas, aunque debió haber otras menos publicitadas, los cargos públicos se designaban por sorteo, no por elección, y el término representación popular, de uso y abuso en estos tiempos para encubrir estructuras oligárquicas, era desconocido porque los órganos asamblearios eran tan numerosos que bien podía decirse que participaba en ellos toda la ciudadanía (varones adultos). Que se lo pregunten a Sócrates, que fue condenado a muerte por un jurado popular, como diríamos ahora, formado por más de quinientos dicastas, ciudadanos elegidos por sorteo que recibían de la caja de la ciudad una dieta de tres óbolos por esta función. El sorteo vuelve a la actualidad en el sindiós político en que vivimos y es el procedimiento elegido por Monsieur Macron para articular lo que ha llamado con la característica pompa francesa Le grand débat national. Claro que, cuando se desciende a las cifras, la iniciativa resulta ridícula: dieciocho asambleas locales por todo el país formadas cada una por un centenar de debatientes; en total, mil ochocientos franceses de todo género y condición están llamados por el bombo de la lotería a hacer un diagnóstico del país y a proponer soluciones que las autoridades de la república, encabezadas por el mismo Macron, seleccionarán, articularán e implementarán a su tiempo y ocasión. Es la democracia reducida a sondeo de opinión en el que su legitimidad se discute desde el tamaño mismo de la muestra.
Monsieur Macron y sus aventuras constituyen un caso muy interesante porque encarnan casi todos los rasgos de la política moderna que definimos con el vago término de populismo. En España, populismo es antónimo de constitucionalismo, pero don Macron viene a demostrar que se puede ser ambas cosas de manera muy aseada. El movimiento La République En Marche que le aupó a la presidencia y que asocia su nombre a Francia, como si ambos formaran un binomio indestructible, otra manía francesa desde Napoleón, se creó en un tiempo récord espoleado por la ambición de su fundador y la crisis del sistema de partidos. Los ricos se dieron cuenta de inmediato de la oportunidad y financiaron con generosidad la puesta a punto del invento a cambio de verse recompensados con las consabidas exenciones fiscales al capital, cláusula que el elegido Macron cumplió puntualmente apenas se sentó en la poltrona. Y ahí terminó el impulso de la república en marcha. Lo siguiente fue la revuelta de tintes revolucionarios, otro hábito francés, de los chalecos amarillos. Ahora toca el simulacro de el gran debate nacional.
El malestar que atraviesa a las sociedades desarrolladas nace del hecho evidente de que los poderes políticos electos no pueden gobernar sobre los poderes económicos que determinan los aspectos esenciales de la vida de los ciudadanos: empleo, salario, vivienda, servicios públicos elementales de educación y sanidad, etcétera. En los tiempos en que el estado-nación funcionaba, la política era una pugna, más o menos reglada, entre los propietarios de los bienes de producción y las clases despojadas. Esta pugna no ha desaparecido pero tiene lugar en un escenario más vasto y en gran medida ignoto, a donde no llegan los poderes electos. Los muy ricos han desaparecido de la política y los muy pobres han desaparecido de la economía. Los primeros se asoman a la plaza pública desde sus urbanizaciones blindadas para tutelar a los testaferros que velan por sus intereses, como Macron o Rivera (por mencionar a dos innovadores en el candelero), mientras los segundos ya saben que ningún partido va a rescatarlos de la miseria, así que la política se reduce a un guirigay entre arribistas de clase media en busca del botín institucional que se juega en cada elección, pero no solo por esta causa. Es en las clases medias donde se manifiesta con mayor crudeza la brecha que parte en dos la sociedad, porque sus recursos –mejor formación profesional, tradición familiar acreditada, capital disponible, relaciones sociales, etcétera- no les garantiza que no vayan a caer a los estratos inferiores ni les da seguridad alguna sobre su precaria situación en el sistema. El vértigo se ha instalado en la política, toda vez que la desesperanza ya hace tiempo que está afincada en la sociedad.
P.S. Esta bitácora permanecerá cerrada por vacaciones durante la semana próxima. Gracias, una vez más, a los y las que seguís estas divagaciones.