Todo ocurrió hace quinientos años. En el café de media mañana recordamos lo acaecido el 31 de octubre de 1517 en que Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg las llamadas noventa y cinco tesis que abrieron el camino a la reforma protestante y a un pavoroso periodo de guerras de religión que duraría un siglo y medio y que, en gran medida, vinieron determinadas porque los príncipes alemanes querían quitarse de encima la autoridad del emperador Carlos, que precisamente era rey de España por una de esas carambolas dinásticas que amenizan los regímenes monárquicos. El resultado fue una brecha en la cristiandad -el único rasgo político y cultural que identificaba a Europa antes de la Ilustración-, que lleva traza de no soldarse jamás. En aquella crisis, el mundo que habitamos quedó dividido, y no solo geográficamente, en norte y sur, arriba y abajo, y este país en el que tiene lugar la tertulia de los distraídos jubilados quedó al sur, abajo. Para siempre. No debe ser una casualidad que las noventa y cinco tesis de Lutero llevaran el título de Disputatio pro declaratione virtutis indulgentiarum porque ¿hay algo que se parezca más a las indulgencias que otorgaba la iglesia romana a cambio de dádivas que las mordidas, coimas y tresporcientos con que nuestros plutócratas retribuyen los favores que reciben de la administración del estado? Tan arraigado está entre nosotros el hábito de conseguir el paraíso mediante soborno, que nuestro gobierno dizque liberal y democrático ha entregado en propiedad a la iglesia todos los edificios y bienes mostrencos que los obispos han encontrado al alcance de su larga mano, incluido algún monumento nacional adquirido por derecho de conquista, como la mezquita de Córdoba. Indulgencias e inmatriculaciones, términos abstrusos que significan lo mismo con cinco siglos de distancia: engordar la bolsa de la clerecía  para hacer partícipe a la iglesia de la corrupción y que de este modo nos absuelva de ella.

Apenas unos años antes de la rebelión de Lutero, el país en el que divagan los tertulianos registró su unificación bajo la férula del catolicismo romano. Desde entonces, los monarcas de este territorio destartalado tuvieron a gala ser los centinelas y guardianes de la doctrina papal mientras sus clases dirigentes sesteaban convencidas de tener el cielo ganado. Al norte, en el ático, se ubicó el libre examen y la salvación por méritos personales; al sur, en el sótano, el dogma, la expulsión de los industriosos moriscos y judíos, el desprecio al trabajo, la inquisición y la salvación por enchufe con el confesor de la parroquia. Arriba, la industria, el comercio y la democracia; abajo, la tierra yerma recorrida por don Quijote y los rebaños de la Mesta, el arte barroco, las romerías a la ermita de la virgen y, al frente del gobierno, una sucesión de reyes tan absolutos como impotentes, y validos y generales golpistas que entraban en el templo bajo palio. Todo esto viene ocurriendo desde hace quinientos años sin tregua ni enmienda. La última modificación de la constitución española (artículo 135), aprobada hace apenas seis años, redujo a la ciudadanía a la condición de deudores de los bancos y de los gobiernos luteranos y calvinistas.

El amigo Librarius, que anda fajado estas semanas con la biografía de Lutero, resolvió que clavaría las noventa y cinco tesis de Wittenberg en la puerta mayor de la parroquia de su barrio. Días después, confesó que no había hecho falta porque el párroco le había autorizado a fijar el documento de una manera mucho menos dramática con una chincheta en el corcho del tablón de anuncios de la casa parroquial. Eso tenía que haberlo hecho usted hace quinientos años, le dijo el cura encogiéndose de hombros.