Europa es una vieja dama que, tras haberse permitido todas las libertades y una gran cantidad de horrores, espera que nos enfrentemos a su ponzoñosa herencia de acuerdo con su propia necesidad de arrepentimiento y moderación (Elogio dell’America, Mario Andrea Rigoni).
La identidad que estamos formando hereda el antifascismo de los padres y el humanismo de los antepasados. (No somos un continente. Somos una civilización. Antonio Scurati)
Hay muchas maneras de salir de un sueño. La más placentera y deseable es despertarse convertido en un individuo libre si eres un presidiario, o en un opulento heredero sin eres un pobre de solemnidad, pero lo más probable, y da gracias si no te ocurre, es que cuando abras los ojos el dinosaurio aún siga ahí o, peor aún, te encuentres convertido en un monstruoso insecto, como imaginó el otro.
Europa despierta ahora del sueño de ser Europa y lo menos que puede decirse es que no acierta a comprender dónde está. Todos alrededor la llaman, Europa, Europa, ya sea con esperanza, ironía o desprecio, así que ese debe ser su nombre, Europa, pero ¿qué designa ese nombre? Cierto que el sujeto se ha despertado en un entorno confortable y casi opulento pero se palpa el pecho y siente la arritmia del corazón, la cabeza es una olla hirviente, los sentidos están embotados y las extremidades, inertes. Tiene que hacer algo pero ¿qué?, ¿por dónde empezar?
El sueño de Europa empezó hace ochenta años y, como ocurre en las historias de ciencia ficción, el astronauta encapsulado en la nave especial despierta en un paisaje desconocido y hostil, hasta que un despojo encontrado al azar, la herrumbrosa cabeza de la estatua de la libertad, le recuerda que sale de un sueño. Volvamos al origen del sueño.
Desde el siglo XV-XVI, por poner un límite temporal en el inicio de la Historia Moderna, Europa ha sido la principal generadora de violencia en el mundo, doméstica y hacia el exterior. En casa, guerras de religión, guerras dinásticas, guerras étnicas y nacionales, guerras civiles sin tregua. Más allá de sus fronteras, conquistas de nuevos territorios, explotación y masacres de poblaciones nativas, imposición de culturas en países remotos, también sin tregua. Y todo esto soportado por una fe mesiánica, una soberbia intelectual injustificada, una codicia ilimitada y una tecnología sin parangón en ninguna otra parte del planeta.
Esta violencia paroxística alcanzó su culmen en la primera mitad del siglo XX durante la cual Europa decidió suicidarse en dos guerras sucesivas de dimensión planetaria y en 1945 puede decirse que lo consiguió. La vieja Europa, como se la reconoce no sin condescendencia, dejó de ser un hegemón para convertirse en un territorio en ruinas ocupado, o tutelado, si se quiere, por dos imperios. Al este, Rusia, que algunas mentes soñadoras han considerado en ocasiones parte de Europa, y al oeste, Estados Unidos, una ex colonia europea habitada por inmigrantes europeos. Ambos imperios impusieron sus respectivos proyectos históricos en la zona de ocupación que les correspondió en el reparto pactado mientras se enfrentaban entre sí, convirtiendo a Europa en un frente de batalla –fría pero no por eso menos amenazadora- ajena a los intereses de los europeos.
En 1945, Europa empezó a soñarse a sí misma, fingiendo que la letal autolesión que se había infligido empujada por su propia soberbia podía remediarse con paciencia y buena fe. El primer paso para la reconstrucción europea en la parte occidental fue la comunidad europea del carbón y del acero (Tratado de París, 1951) que ponía en común el mercado de lo que era la base industrial de belicismo de la época. Un cínico interpretó este tratado como el intento de Francia para no ser invadida otra vez por Alemania y el intento de Alemania para evitar ser derrotada otra vez por Francia. Al acuerdo se sumaron los países del llamado Benelux (Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo), situados en la llanura septentrional por la que habían discurrido los ejércitos de ambos bandos en las guerras anteriores, e Italia, que siempre empezaba la guerra en un bando y la terminaba en otro. Lo que tenían en común estos países era una robusta base industrial perfectamente comunicada, por lo que el acuerdo solo podía ser beneficioso.
El Tratado de París fue el primero de una serie sucesiva de tratados que tejieron la unioneuropea, epítome de lo que llamamos Europa. El resultado es un artefacto muy complejo y altamente regulado de base económica al que se han ido sumando estados nacionales con experiencias históricas, percepciones del presente y objetivos de futuro divergentes entre sí. Mientras el artefacto se circunscribía a la parte occidental del continente, cada tratado suscrito contenían matices y líneas rojas que, en último extremo, evidenciaban la dificultad para conseguir una unidad política. Estos síntomas disgregadores se agudizaron en los últimos treinta años en que una sucesión de acontecimientos, como aldabonazos capaces despertar a un muerto, han llevado a Europa a la situación actual: a) el brexit, la salida de la unión de un miembro de alto valor estratégico; b) el desplome de la Unión Soviética y la conversión de Rusia en una potencia resentida y agresiva; c) la consecuente incorporación de los países del este, provenientes de un marco internacionalista opresivo y necesitados de enfatizar su carácter nacional con la consiguiente carga de antieuropeísmo político; d) correlativamente, la eclosión y crecimiento de partidos populistas de matriz neofascista y antieuropeísta; e) la globalización neoliberal que ha rebasado el marco normativo de la unión y ha tensado las relaciones económicas entre sus miembros, y e), por último, la conversión de Estados Unidos, protector del sueño de Europa, en un adversario comercial y quién sabe si un enemigo político y militar: el dinosaurio del cuento de Monterroso.
La confusión de Europa ante semejante granizada de acontecimientos adversos se ha intentado paliar con una cierta palabrería del tipo de la europa de los valores en un mundo que ha dejado de estar regido por reglas. Los valores de Europa no impresionan demasiado fuera de sus fronteras si se atiende al pasado y en el presente a la actitud de sus instituciones de gobierno ante el genocidio de Gaza; o en la mezcla de servilismo y cálculo que ha guiado a la diplomacia europea frente al desafío amenazador del presidente de los Estados Unidos.
Hay que hacer algo, se dice a sí misma Europa, y lo primero que se le ocurre es rearmarse. La propuesta está en los informe Draghi y Letta, entendidos como la hoja de ruta para la salvación europea, y es lo que hacen estados que se consideran pacifistas como España, el segundo país de la otan que más ha incrementado el gasto militar este año pasado y que en la última década lo ha hecho en un 122%, por delante de Alemania (118%) y Rusia (96%) y Estados Unidos (11%). Es irónico que la antaño violenta Europa tenga que rearmarse para salir de un breve sueño pacifista en su historia porque quiere decir que ni Europa ni ningún otro país del mundo han aprendido nada de las lecciones del pasado. Es irónico también que la Historia, cuyo final se proclamó con cierta fanfarria intelectual hace treinta y pico años, vaya a renacer, para utilizar un término de moda en la nueva espiritualidad, a bombazo limpio. En el plano de la realidad, sin embargo, el rearme requiere algunas condiciones para ser eficiente en su objetivo y no meramente un pretexto para reafirmar el poder que no puede sostenerse democráticamente. Estas condiciones son tres, al menos: un ejército suficientemente dotado bajo un mando unificado; un enemigo claramente definido ante el que oponer los recursos de defensa, y una industria especializada para reponer y mejorar el armamento. Estas condiciones no se dan de manera nítida e inequívoca.
Un ejército que identificara a Europa debería ser un ejército europeo y eso significa que los estados miembros de la unión habrían de renunciar a su soberanía armada, lo que ciertamente no va ocurrir, así que se formarán coaliciones de [países] voluntarios, que ya se han insinuado para la guerra de Ucrania y es un término que nos recuerda cómo se producían las guerras en Europa. Frente a Napoleón se formaron nada menos que siete coaliciones en guerras distintas contra el mismo enemigo. Putin ocupa ahora el puesto que ocupó Napoleón como unánime enemigo público de Europa y está siendo frenado con éxito por Ucrania, que hoy tiene el mayor y más experimentado ejército del continente, capaz de alcanzar Moscú con sus drones, y si bien ahora mismo Kiev no es miembro de la unión, todo indica que no solo lo será pronto sino que puede desplazar el eje europeo del Mosela/Rhin al Dnieper. Por último, la industria de la defensa está en manos de colosales corporaciones privadas para las que las guerra no solo es una fuente de riqueza, como lo ha sido siempre, sino de poder sobre los estados que son sus clientes. Para los gobiernos europeos, la modernización de la industria de la defensa exige depender de plataformas tecnológicas cuyos propietarios privados están interesados en destruir la autonomía europea. En fin, nadie dijo nunca que salir de un sueño opiáceo fuera agradable.
La posición de Europa en el nuevo mapa geopolítico del mundo. Cohesión interna, aliados y adversarios será la materia de la conferencia de Fernando Vallespín Oña, politólogo y académico, autor de más de una docena de libros y más de un centenar de artículos sobre cuestiones de geopolítica. El acto, organizado por el Ateneo Navarro y la Biblioteca de Navarra en el marco del ciclo Incertidumbre, tendrá lugar el próximo martes, 12 de mayo, a las 19:00 horas en el auditorio de la Biblioteca de Navarra (Paseo Antonio Pérez Goyena, 3. Pamplona).