En los remotos ochenta, el presidente del parlamento de esta provincia subpirenaica cursó una visita protocolaria al rey vigente en el palacio de La Zarzuela y a su término decidió adornarse con una nota de prensa para que todo el orbe supiera que el maestro de Peralta había compartido opiniones con el rey de España. Algo había que decir en la nota para hacer verídico el encuentro y el autor decidió atribuir al monarca cierta preocupación por el estado de las autonomías en su conversación con don Balbino. La respuesta de la real casa fue inmediata y fulminante: el rey no está preocupado por el estado de las autonomías. Fue uno de los pocos momentos en la historia, aparte de los anuales encierros de San Fermín, en que la remota provincia alcanzó una brevísima fama más allá de sus fronteras o mugas, al gusto.

Este preboste, por el que el autor de estas líneas sentía inevitable simpatía, se empeñaba sin demasiado éxito en poner en valor, como se diría ahora, las virtudes de la institución que representaba. En otra visita protocolaria, llevó al presidente del parlamento europeo en Bruselas una reproducción de sobremesa de la estatua de los fueros, que preside nuestros sueños y anhelos y a cuya sombra se cobijan nuestras instituciones, y cuando abrió la caja que guardaba la ofrenda la figurilla apareció rota. Don Balbino se excusó ante el gran capitoste europeo: venimos de tierras muy lejanas, dijo sin comprender él mismo que la lejanía no era tanto espacial como mental.

Estos episodios fallidos requieren dos condiciones para realizarse: un carácter provinciano y un tiempo incierto y confuso. En estas circunstancias, el aldeanico busca el cobijo en la autoridad inapelable para escapar de su propia confusión y le atribuye opiniones que él desearía que el gran jefe tuviera. No son circunstancias pasajeras, ni la confusión de los tiempos ni el provincianismo del protagonista.

Cuarenta años después de los sucesos que se cuentan en estas divagaciones ha vuelto a repetirse el esquema tragicómico. Por razones espurias provocadas por su propia paranoia, el menguado líder de la oposición decide no asistir a la apertura del curso judicial que preside el rey y, arrepentido por las dimensiones de su gesto, que ni él mismo comprende, decide confesarse con el propio monarca para divulgar de seguido que este ha entendido las razones de su ausencia en tan solemne celebración. La réplica de la real casa es inmediata: el rey no comenta las conversaciones que mantiene con carácter privado.

La supervivencia de la monarquía exige que el rey  no sea visto como muñeco de ventrílocuo  de unos y de otros. Pero hay algo de injusto en este juego de vidas paralelas entre don Balbino y don Feijóo. Ambos ciertamente son provincianos sin remedio y a ambos les ha tocado vivir en tiempos confusos, pero las acciones de don Balbino estaban guiadas por el sincero propósito de fe en la democracia y voluntad de paz social y política, para lo que tenía buenas razones incluso personales. Don Feijóo, a su turno, es un personaje mareado, maleado y maligno, un golpista tentativo: un ratón en medio de una embestida de búfalos contra el gobierno democrático. Extraído de la placidez de la taifa gallega, donde nadie se asombra porque un alto cargo de la administración veranee con un narcotraficante,  se ve llevado a plantar al rey y al poder judicial para asistir a un mitin de su correligionaria y feroz enemiga doña Ayuso donde esta le obliga a oír que ser amigo de narcotraficantes no es bueno. Después de semejante inmersión en la piscina familiar no extraña que buscara el cobijo del rey, y la respuesta de este es, apáñate como puedas, que yo ya tengo bastante con lo mío. Una vez más, el coyote siente en su cabeza el impacto del pedrusco que había preparado contra el correcaminos.