El desfile militar de la victoria en Pekín fue impresionante. Tres horas de soldados marcando el paso y de vehículos blindados marcando paquete con los misiles enhiestos. En esta afición de los neodictadores del siglo XXI, incluido míster Trump, por los desfiles militares, el celebrado bajo la batuta del señor Xi Jinping fue de largo y de ancho el más acojonante. El modelo es soviético o más propiamente estalinista pero el régimen chino lo ha mejorado notablemente. Puede entenderse que los soldados marquen el paso para parecer una marabunta marcial pero hay que ser muy bueno en técnicas dictatoriales para conseguir que decenas de miles de civiles formen como teselas de un descomunal y monótono mosaico, canten himnos sin una nota discordante y agiten banderitas al unísono. Ni uno de ellos levantó la banderita cuando no tocaba aunque se puede pensar que alguno tendría urgencia de pedir permiso para ir al baño. Luego vas a un restaurante chino y te asalta un episodio de disonancia cognitiva porque no puedes entender que los amables y laboriosos empleados del establecimiento, aplicados a multitareas de atención al público, pertenezcan al mismo grupo humano que los robotizados y sin embargo sonrientes figurantes que asistían como claque al desfile pekinés.
El presidente Xi compareció en la tribuna ataviado con el traje Mao extraído del fondo del arcón, que es el equivalente a asistir a los sanfermines con el pañuelo y la faja rojas: un homenaje a las raíces y a la tradición. En estos alardes militares hay un vivo contraste entre la hipermodernidad de los armatostes exhibidos y una inocultable atracción vintage hacia los viejos y buenos tiempos, que ni son tan viejos ni fueron tan buenos. La alfombra roja de vips invitados, que también la hubo, estuvo recorrida por prebostes de las repúblicas amigas reunidos para la ocasión bajo el auspicio de Pekín (faltó al desfile el presidente indio, Narendra Modi, que sí estuvo en la reunión del día anterior, más amplia), pero el trío estelar fue el formado por Xi, Putin y el gordito Kim Jong-un, convertido en líder planetario, que llegó en tren porque siente aversión por los aviones y aprovechó el viaje para que se supiera que nombraba heredera de su reino a su encantadora hija, Kim Ju-ae. Fue la pincelada rosa del intimidante acontecimiento porque lo que interesaba hacer notorio es que entre los tres tenores cuentan con un carretón de bombas atómicas.
¿Y de qué hablaron en medio de la barahúnda de trompetas y tambores? Los analistas fueron a lo obvio. Rusia, China y Corea del Norte refuerzan lazos para frenar las pretensiones de Estados Unidos, sean las que sean. En efecto, si se adopta una lectura literal del encuentro de Pekín, lo que se ve en el mapa es que la plataforma continental euroasiática se ha convertido en una fortaleza inexpugnable, armada hasta los dientes a este y oeste, donde queda un rabillo confuso y confundido al que llamamos Europa. Y así, asegurada la cuestión militar, Putin y Xi pudieron hablar con calma de lo que verdaderamente les interesa, que es lo que preocupa a todos los vejestorios: la inmortalidad.
Una indiscreción del aparataje de comunicación entre ambos registró e hizo audible que hablaban de cómo conseguir llegar a los ciento cincuenta años y, ya puestos, cómo ser inmortales. Se ve que comprenden que nunca recibirán el premio nobel de la paz, al que aspira su contrincante Trump, y qué menos que ser compensados con la vida eterna. Xi (72) constató que en el pasado raramente se llegaba a los setenta y ahora se dice que a los setenta se sigue siendo un niño, a lo que Putin (72) respondió que gracias al desarrollo de la biotecnología, los órganos humanos pueden trasplantarse constantemente y las personas pueden sentirse cada vez más jóvenes e incluso alcanzar la inmortalidad. Y así siguió la charla mientras discurría el desfile de tanques y misiles.
El viejo que esto escribe (75) no imagina tortura mayor que someterse a un inacabable proceso de trasplantes para seguir viendo a este par de peligrosísimos ancianos desvariando a la grupa de un misil nuclear.
P.S. Míster Trump (79), admirador de los desfiles militares y de los dictadores que los organizan ha tomado nota de lo que sus contrincantes piensan y dicen en dos aspectos al menos: uno, un desfile es incompatible con manifestantes que protestan contra los que desfilan, y dos, la conquista de la inmortalidad empieza con un buen trasplante de pelo en la cresta, preferiblemente de color calabaza, que se ve como un morrión de emperador austrohúngaro.