Debo la inspiración y los materiales que han nutrido este comentario a nuestro amigo Jon, investigador de historia de la ciencia y singularmente de la cultura médica, cuya vocación pedagógica impide que sus amigos/pupilos nos dejemos amodorrar por las chicharras de agosto.
El estado de Israel tiene una agencia dependiente del ministerio de defensa que administra científicamente la hambruna de los palestinos. Una llamada coordinadora de actividades gubernamentales en los territorios viene calculando desde al menos veinte años atrás la cantidad de calorías que han de administrarse a través de la ayuda internacional para que los habitantes de la franja de Gaza perciban y padezcan la carencia alimentaria pero, al menos en principio, no mueran de hambre. El cálculo se sitúa en 2.279 calorías, que puede lograrse entregando 1,836 kilos de alimentos por persona y día. De acuerdo con los registros de esta agencia, entre marzo y junio de este año, Israel solo permitió que entraran al territorio palestino 56.000 toneladas de alimentos, una cantidad que ni siquiera cubría una cuarta parte de las necesidades mínimas de Gaza para ese período. Pero el gobierno israelí arguye que este déficit se debe a que hamás roba los suministros. Entretanto, los francotiradores israelíes disparan a placer sobre los palestinos que se acercan a los puntos de recogida de alimentos, en un sofisticado ejercicio de dominación y destrucción de un colectivo humano inerme.
Ochenta años atrás, médicos judíos confinados en el gueto de Varsovia documentaron con idéntico escrúpulo científico los efectos de la hambruna provocada por el cerco en que mantenían a la población judía las autoridades nazis. En aquella ocasión, como en esta, se produjeron muchos casos de muerte por inanición entre los más débiles pero el objetivo no era la destrucción total de los judíos, eso vendría después, mientras necesitaran mano de obra para trabajos de construcción, algo que también puede preverse en el presente porque ¿quién si no levantará el resort turístico diseñado por Trump para Gaza?
Hay algo inenarrablemente aterrador en que una misma práctica científica –la ciencia es la actividad superior del género humano- sirva, sin cambiar de manos ni de objetivo, a víctimas y verdugos. Una parte, por ahora muy pequeña y políticamente irrelevante, de la población israelí ha reconocido que su gobierno comete un genocidio en Gaza y se pregunta cómo es posible. La respuesta no puede ser más que histórica y, por ahora, no comporta la solución al problema. Veamos.
1. Los judíos no son un pueblo histórico sino un conjunto de colectividades minoritarias y vecindarios repartidos por Europa y ciertos países de Asia y África del norte e identificados por el culto a una misma religión. En occidente, los cristianos utilizaron a estas minorías como referente para robustecer su propia identidad religiosa y el poder político consiguiente porque los judíos habían matado a nuestro señor. A medida que el cristianismo se extendía y constituía estados confesionales (cuius regio eius religio), el odio a la excepción judía se solidificaba y la existencia de las colectividades judías se hacía más precaria y constreñida y el estereotipo del judío pasaba a una caricatura objeto de toda la agresividad contenida en el sociedad cristiana. El antisemitismo llegó a ser un factor constituyente de la cultura occidental; aún lo es.
2. El tránsito entre los siglos XIX y XX fue la época de los nacionalismos nacientes. Toda colectividad humana con algún rasgo diferencial –religioso, cultural, lingüístico- se proclamaba nación y exigía la soberanía sobre el territorio en el que estaba asentada. Los judíos tenían muchos créditos para considerarse nación pero carecían de territorio porque estaban dispersos por el continente. Así nació el sionismo, que obtuvo carta de naturaleza como proyecto político viable en la llamada declaración Balfour (1917) por la que el funcionario imperial británico de ese nombre declaraba Palestina como hogar nacional para el pueblo judío. Esta declaración da cobertura bíblica, es decir mitológica, a un objetivo en el fondo antisemita porque era una invitación a los judíos europeos para que dejaran su casa ancestral y se fueran a un país del que no eran más originarios que un escocés o un noruego. El sionismo adornó esta invitación a la conquista de Palestina con un eslogan llamativo y en apariencia irresistible, una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, que era una completa falsedad porque ni los judíos europeos carecían de hogar ni Palestina estaba deshabitada.
3. Todo puede empeorar y el antisemitismo europeo subió de escala hasta el límite posible, cuando las ideologías de raíz religiosa mutaron en discursos biologicistas y los judíos dejaron de ser comunidades culturalmente marginales para convertirse en un virus a medida que abandonaban el gueto y se normalizaba su presencia en las sociedades democráticas. Toda Europa aceptó la mutación y sus criminales efectos pero fueron los alemanes los que llevaron a cabo la solución final. El exterminio de los judíos fue correlativo a la derrota histórica de Europa, derrota de la que aún no hemos salido, como se viene demostrando en la guerra de Ucrania o en el acto de sumisión de la Unión Europea al emperador Trump días atrás en Escocia. En 1945 esta Europa derrotada y moralmente demolida convirtió Israel en una formidable coartada moral típicamente cristiana: Europa cargaba con la culpa del Holocausto pero la penitencia caía sobre los hombros de los palestinos. La parálisis de Alemania ante la situación actual de Gaza responde a este mecanismo: la culpa alemana es casi un precepto constitucional y si el destino quiere que la paguen los palestinos, qué le vamos a hacer. El estado de Israel ha llevado este dominio moral sobre Alemania hasta el chantaje. En cierta ocasión, Netanyahu intentó que Merkel reconociera que el extermino de los judíos había sido instigado por el gran muftí de Jerusalén, un líder nacionalista palestino que rechazaba la inmigración de los europeos de religión judía. La canciller debió sentirse agredida en su alma luterana y respondió que la Shoah era responsabilidad de Alemania. Merkel no quiso librarse de la consoladora culpa pero no impidió que su interlocutor siguiera castigando por ello a los palestinos.
4. La creación del estado de Israel tuvo un carácter inicialmente incontestable y jubiloso. La opinión pública de los países europeos se libraba de la fastidiosa cuestión judía y podían sentir un orgullo vicario al ver al mocerío sionista levantar una nación de nuevo cuño, joven y limpia, que no tendría, ay, las lacras de los estados europeos que les había llevado a la guerra y a tanto sufrimiento. Por fin, esos judíos iban a dejar Europa en paz. Por ende, eran los sionistas de izquierda los que llevaban la batuta de la operación, y esos chicos no podían ser malos con sus famosos y acogedores kibutz. Por supuesto, a los palestinos, inermes, no les gustó nada lo que se les vino encima. La ONU estableció una partición del territorio entre oriundos y visitantes (1947) que rechazaron ambos bandos. Para los israelíes era una limitación a sus ambiciones territoriales y para los palestinos, una justificación de la invasión sionista, y así estalló la primera guerra israelo-árabe, en la que se demostró la resolución y fiereza de los colonizadores y se resolvió con la expulsión de tres cuartos de millón de indígenas de sus casas y aldeas para dar alojamiento a los colonos. La nakba, la catástrofe para los palestinos, precedió en unos meses a la creación de Israel.
5. Israel es una colonia occidental en Oriente Medio (participante en la comunidad canora de Eurovisión), fundada en el momento histórico en que tenía lugar la descolonización de los dominios europeos de ultramar. La creación de Israel y la independencia de India casi coinciden en fecha y al Reino Unido no le costó nada renunciar a sus obligaciones como titular del protectorado de Oriente Medio. Esta circunstancia hace que el conflicto de Palestina resulte irresoluble. Los estados europeos no se sienten responsables de la colonización sionista pero asisten con horror a la idea de que los árabes se puedan salir con la suya y tengan que admitir de nuevo en Europa a los judíos a los que quisieron exterminar, así que la ayuda militar, económica y diplomática a Tel Aviv es indiscutible e interminable.
6. Cuando los sionistas se vieron en la necesidad de armar su nuevo estado y, en consecuencia, de dotarlo de una lengua oficial, descubrieron que las élites políticas se entendían en alemán, de hecho lo hablaban muy bien porque era la lengua materna de casi todos ellos, pero era la lengua de los verdugos; tampoco podían oficializar el yiddish, considerada la lengua del gueto y la sumisión, así que desenterraron el hebreo. La vieja lengua litúrgica e identitaria acreditaba el origen y el destino bíblico del estado de Israel, el discurso mitológico en el que basan la legitimidad de su existencia. Pero los instrumentos materiales y formales de esta empresa están tomados de la Europa ilustrada de los gentiles: la democracia, el laicismo oficial, la organización del estado y, sobre todo, la percepción de los pueblos no europeos como inferiores moral y culturalmente. Los palestinos son los negros de la antigua colonización europea, de modo que toda la estrategia de convivencia con ellos consiste en que se mantengan en esa condición y, si se rebelan, leña.
7. A su turno, los palestinos son la parte incógnita de la ecuación. Desde la creación misma del estado israelí, setenta y siete años atrás, han llevado a cabo diversas acciones de resistencia pero, además de ser derrotados militarmente en todos los casos, no han conseguido superar un cierto carácter tribal (el ataque del 7 de octubre de 2023 fue una razia beduina típica), como si la unidad política y la noción de estado les fueran ajenas. Esta suerte de impotencia o de dificultad para mostrarse cohesionados en el ámbito internacional, más allá de su condición de víctimas, es correlativa a la pasividad de los países árabes ante el conflicto y la suerte de sus hermanos de religión. Quizá no sea una casualidad que el único país que les ha ayudado sea Irán, que a pesar de su estructura teocrática y opresiva, tiene instituciones identificables y equiparables a un estado tal como se entiende generalmente. Esta invertebración política va a tener consecuencias si, como piden algunos países, España entre ellos, se intenta la creación de un estado palestino, una iniciativa que en este momento tiene todas las bazas en contra y que va a requerir dosis ingentes de habilidad política para convertir la propuesta en un proyecto factible y deseable para los palestinos y la comunidad internacional. No deja de ser curioso que la iniciativa no haya venido de los palestinos, aunque a última hora parecen haberse sumado a ella.
8. La brújula de este tiempo no es propicia para las buenas intenciones. La ola reaccionaria que está despertando por todas partes no es favorable para los palestinos como no lo fue para los judíos, que se están vengando de lo que los cristianos europeos les hicieron un siglo atrás. El sacrificio no redime y la víctima no olvida nunca. Entretanto, para nuestra vergüenza eterna, estamos obligados a asistir, otra vez, al exterminio de una comunidad humana en directo. Y en el futuro, a convivir con sus efectos, una perspectiva que ni nuestras sociedades ni nuestros gobiernos parecen tener en cuenta.
Estupendo análisis y resumen en 8 puntos. Me sirve.