Todo el mundo sabe que al mediodía la fiesta estalló y que no hay otro modo de decirlo, como dejó escrito aquel. Un par de horas antes, el viejo ha sufrido el tradicional shock de cada año cuando al salir a la calle para comprar el pan se ha visto rodeado de sus vecinos repentinamente ataviados de blanco y rojo, habitantes de un planeta en el que el viejo es el alienígena. En fin, pasado el susto, ha saludado a doña Luisa O., que como cada día iba a sus quehaceres, también impecablemente vestida de ritual. Hola, buen día. Aquí estamos, calentando motores, ha respondido la dama desde la silla de ruedas. La fiesta la celebran hasta las momias, aunque no por eso dejan de estar momificadas.
Este año, las autoridades municipales han tenido la feliz ocurrencia de adornar las actividades festivas con una exposición de la obra de Ramón Masats, uno de los pioneros del fotorreportaje español y un artista hipnótico, autor del que quizá sea el mejor informe en imágenes realizado nunca de estas muy fotogénicas fiestas. Masats vino a esta remota capital de provincia subpirenaica a finales de los cincuenta, armado con una Leica y una Pentax, después de que unos años antes visitara la ciudad el maestro Henri Cartier-Bresson. Para el espectador que escribe estas líneas las imágenes expuestas tienen un valor sentimental añadido. Fueron tomadas cuando el niño que fue encaraba la adolescencia; el periodo en que la experiencia incipiente empieza a urdir una visión del mundo, que no le abandonará nunca.
Lo que fotografió el humanista Ramón Masats era un festejo aldeano, pobre, tristón, que desmiente el tópico de la fiesta unánime o, mejor dicho, muestra su envés a través de una mirada directa, sin trucos, a las consabidas escenas callejeras en las que encontraba al protagonista de la fiesta, como dice el eslogan turístico, envuelto en un aura de soledad. Rostros distraídos o abismados, en los que el espectador puede creer que adivina lo que piensa el retratado y despiertan una mezcla de extrañeza y compasión. La euforia, que también aparece en las imágenes, es vinosa, esforzada, distorsionada en muecas. El viejo escruta las fotografías buscándose en ellas.
Los toros forman parte del repertorio de imágenes, claro está. Pero, como los demás ingredientes de la fiesta, se ofrecen carentes de épica. La imagen que encabeza este comentario, captada en el encierro, es un ejemplo. Toro y mozo van a lo suyo, a lo que les dicta el instinto; el primero persigue al segundo y este escapa, pero parece un encuentro fortuito y lo que resulta dramático en esta imagen no es la presunta deportividad de la prueba sino la soledad de ambos, pánica en el mozo y ciega en la res, empujados por la fiesta para crear un efecto artificial que la imagen desenmascara. Masats es autor de la que quizá sea la fotografía antitaurina más conocida y eficiente de la historia, tomada en Pamplona en 1960: el toro estoqueado y exhausto, que agoniza sentado sobre los cuartos traseros mirando al público que llena los tendidos de la plaza más vociferante del mundo.
¡Viva San Fermín, ay!