Este primer comentario del año brota, como los que le precedieron y los que seguirán después, de una inspiración casual, arbitraria, errática. Todo empezó con una consulta distraída a la cartelera de cine en la que se anuncia otra versión del cuento gótico de Nosferatu, en la que participa Willem Dafoe. Este actor norteamericano ya protagonizó una diversión anterior del mismo cuento –La sombra del vampiro (2000)-, en la que se juega con la idea de que el protagonista de la película original de F. W. Murnau (1922), el actor alemán Max Schreck, era un verdadero vampiro. El pobre Schreck fue un comediante de humor ácido, gusto por lo grotesco y aficionado a paseos en solitario por el bosque, que pasará a la historia con el rostro cadavérico y el ademán sonámbulo y afligido que imaginó Murnau.
Poco a poco, el viejo se siente arrastrado por el magnetismo de la historia y se interna (a la busca del tiempo perdido, como siempre) en las brumosas veredas de Internet. La película de Murnau, subtitulada Una sinfonía de horrores, es la primera versión cinematográfica de la celebérrima novela Drácula, debida al escritor irlandés Bram Stoker y publicada en 1897, a la que el cineasta alemán cambió los nombres de los personajes para eludir el pago de derechos de autor, estratagema que no le valió porque la viuda del novelista le ganó un pleito para que le fueran reconocidos a ella. Más adelante, los dos iconos del vampiro moderno, Drácula y Nosferatu, siguieron caminos divergentes. El primero ha inspirado innumerables variantes de espacio, tiempo y género, y su figura fue adquiriendo un apetecible atractivo sexual desde Christopher Lee a la saga Crepúsculo y por ahí seguido. Nosferatu, a su turno, quedó estampado e irredento en la descarnada apariencia que le impuso Murnau como paradigma de la infelicidad.
La trama del cuento original es una caótica sucesión de acontecimientos que la película sigue casi al pie de la letra y que, asombrosamente, resulta diáfana al entendimiento del espectador de este primer cuarto del siglo XXI, pues en ella encuentra, especulación inmobiliaria, pandemia, clases medias idiotizadas por la codicia, emprendedores de vario signo, aumento de la inflación por el coste de los fletes marítimos, víctimas mortales aleatorias en mar y tierra por causa de los negocios, chiflados que esperan la llegada de un líder redentor y una sutil indicación de la cercanía del fascismo (nada extraña habida cuenta la fecha y el país de la película y la ejecutoria de su director). Como es sabido, la historia puede resumirse así: Un especulador inmobiliario afecto a una secta rara envía a un empleado a los remotos Cárpatos para cerrar la compra de una villa con un tal conde Orlock de apariencia decrépita y siniestra. El ambicioso empleado deja en casa a su esposa y emprende viaje poseído por un optimismo idiota; culmina la operación de compraventa con el perturbador cliente, que por casualidad ha quedado locamente prendado de su esposa al ver su retrato en el medallón que porta el joven, y por último comprador y vendedor emprenden regreso; el primero para tomar posesión de su villa recién comprada y de la esposa del joven, y este para defenderla del predador.
El villano hace viaje por mar y se acompaña de un equipaje de cuatro ataúdes, tres cargados con tierra de sus dominios y el cuarto como habitáculo para él mismo (la sangre y la tierra son los elementos nutricios del visitante, Blut und Boden, como rezaba el ideal nazi). Para ir resumiendo, el equipaje del conde Orlock trae consigo la peste en forma de ratones, que acaba con la tripulación en el mar y con el vecindario de la ciudad en tierra hasta que el mal por fin se desvanece por el sacrificio de la joven esposa a la que el vampiro dedica su última dentellada y tan absorto queda de la experiencia que no repara en que la luz del día ha vuelto y lo convierte en un humeante puñadito de cenizas. Si se hilvanan estos episodios y se practican algunas adaptaciones formales, la peli no es más increíble que un telediario.
La plataforma digital ofrece Nosferatu en un paquete de obras del expresionismo alemán, el cine de la República de Weimar, que preludió la llegada del nazismo. Historias donde se entremezclan y confunden el sueño y la vigilia, y donde operan héroes turbios, equívocos, en escenarios de bosques asfixiantes, callejones retorcidos que desembocan en la oscuridad, altos edificios de racionalidad geométrica y madrigueras insondables donde habita una humanidad de cabezas porcinas o simiescas, ojos desorbitados, miradas torvas e inquietas, gestos hiperbólicos, manos como garras y puños crispados. Historias donde la legalidad es puesta en jaque por la delincuencia organizada; el poder está en manos de payasos y prestidigitadores, y la apariencia ha sustituido a la verdad. Historias donde las masas son parte determinante del cuadro, ya sea corriendo enloquecidas tras un chivo expiatorio, festejando el discurso de un ilusionista, celebrando orgiásticamente el advenimiento de un ídolo o desfilando en formación militar. Es un cine de rabiosa modernidad, urgente y acelerado, y tocado por una especie de nihilismo que, hoy lo sabemos con certeza, anunciaba el desastre.
Un puñado de estas películas –impecablemente restauradas a partir del material original por la Fundación F. W. Murnau– han dejado de estar disponibles en la plataforma con fecha de ayer, el último día del año. Los gestores del artefacto han debido pensar que no sería necesario nutrir la imaginación de los usuarios con una dosis adicional de espanto en vísperas de la coronación de Donald Trump como rey y señor de todas las amenazas y mentiras que planean sobre nuestras cabezas. ¿Qué tiene que envidiar Elon Musk al doctor Mabuse? Feliz año.