El romántico, como su nombre indica, busca huir de los hechos desagradables, y, como con la edad se desilusiona de los ideales que va sustituyendo, acaba idealizando lo único que no le ha decepcionado: el mecanismo de la huida. (Cyril Connolly, El arte de viajar, 1931).
Cuando se escriben estas líneas, don Carles Puigdemont, líder inmarcesible de las libertades catalanas, ha aparecido ante sus discípulos, ha proferido una pequeña sarta de lugares comunes (no es este tiempo de frases para la historia) y ¡hop! ha desaparecido de nuevo. Pero en el circo y en la política es muy difícil innovar. En diciembre de 1976, don Santiago Carrillo, a la sazón secretario general del partido comunista, aparecía y desaparecía tocado con una peluca hasta que fue detenido por la policía. Don Puigdemont no necesita peluca porque la naturaleza le ha provisto de un casquete capilar que parece el morrión de un coronel de húsares del ejército de don Carlos María Isidro, aunque en este caso el pretendiente es él mismo.
De las andanzas de don Carrillo bajo peluca estaban al tanto todos los que tenían que estarlo y la performance estaba convenida para que diera el resultado que dio, a saber, la normalización de la democracia española y la renuncia de los comunistas a cualquier objetivo que se acercara a su programa máximo. No hay por qué creer que don Puigdemont y su corte no hayan seguido este guión con la aquiescencia de quienes gestionan la programación del teatrillo, lo que significaría la normalización de la política catalana y por ende de la española y la desactivación del cantamañanas en que se ha convertido don Puigdemont. Un par de detalles distinguen ambos sucesos, entre los que median cuarenta y ocho años. Uno, la sociedad actual es más abierta, lo que quiere decir más prolija y más banal; hace cincuenta años no había miles de tertulianos e influencers cacareando incansablemente sobre la noticia, incluido el inane don Feijóo. Y dos, el aparato judicial es más independiente así que es previsible que el inevitable tránsito ante el juez no sea para don Puigdemont tan liviano como lo fue para don Carrillo, aunque terminará igual, con el villano convertido en una vieja gloria. La epopeya capilar de don Carrillo sí inauguró una época de la que se beneficiará don Puigdemont: se acabaron los fusilamientos como fórmula de cierre de las guerras civiles españolas desde principios del siglo XIX. El paredón es el único lugar de la tierra donde nadie quiere posar para un selfi, a los que tan aficionado es el pretendiente.
El gallinero catalán, como las demás perturbaciones que se registran estos días en el mundo, es una expresión de la lucha de clases, que, en la década pasada, se creyó que podía solventarse con un populismo multitudinario y colorido, pero ahora aquella pirotecnia –senyera estelada contra rojigualda con el toro de osborne, botiflers contra maulets– no es más que el atrezo de una función desechada por el público. Las dos corrientes del independentismo –menestrales y terratenientes- no solo han partido peras sino que están enfrentadas a cara de perro. Junts es el partido natural de la derecha catalana pero, para hacerlo operativo, necesitan desembarazarse de don Puigdemont. El gran dinero comparte con el carlismo y sus sucesivas reencarnaciones el tradicionalismo social (nada le complace más a un banquero que ir a misa los domingos y comprobar que el buen pueblo reza las mismas oraciones que él) pero cuando la situación se pone brava siempre vota al poder constituido.
La entidades representativas de la patronal catalana han visto con buenos ojos el preacuerdo de socialistas, republicanos y comunes (la izquierda infinita) para una financiación singular de Cataluña, pero no les gusta nada la parte fiscal, que mantiene los impuestos de patrimonio y sucesiones y no deflacta la escala del impuesto de la renta. A las élites económicas catalanas les habría gustado que el pacto fuera con junts, como en los buenos viejos tiempos de don Pujol, pero esto es imposible mientras el jefe de este partido siga empeñado en pasearse montado en un caballo blanco con el morrión al viento.
En esta remota provincia subpirenaica, los historiadores locales podrían dar algunas lecciones a los indepes catalanes sobre cómo funciona un régimen foral en una situación de lucha de clases. He aquí algunos apuntes: 1) el régimen foral de la remota provincia fue una conquista de los liberales al término de la primera guerra carlista en la que consiguieron retener el cobro de los impuestos a cambio de renunciar a la aduana en el Ebro; de una tacada, ampliaron sus negocios y se quedaron con los rendimientos fiscales. 2) El régimen foral constituyó un paraíso fiscal idílico hasta que en los años sesenta llegó la industrialización y, progresivamente, el pago de impuestos para sostener el gasto público del llamado estado del bienestar. En aquel momento, la derecha foralista se dividió en industrialistas (Félix Huarte y aliados) y terratenientes agrarios (familia Uranga y aliados). 3) Hasta hoy mismo, no hay día en que el periódico de los Uranga no nos recuerde en primera página que la carga fiscal en la provincia foral es mayor que en las de régimen común. Los aldeanicos de la remota provincia también podrían ofrecer algunas enseñanzas al pijerío puigdemontista sobre la idolatrada autodeterminación, pero eso queda para otro día.
En el estrambote del soneto Al túmulo de Felipe II, describió Cervantes el episodio de Puigdemont el otro día.