Hoy se cumplen ochenta años de la creación de la Europa imaginaria en la que nació y se crió este viejo. Desembarco de Normandía. El inicio de la victoria de los buenos en occidente. En oriente, este proceso de reversión del mal había empezado dos años antes, en Stalingrado. Dos fuerzas libertadoras, incontenibles, convergentes, surgidas allende de las fronteras europeas, se dirigían desde ambos extremos del eje de abscisas al corazón de la bestia en el centro geográfico del continente. Cuando se encontraron en el río Elba, las dos fuerzas ya eran enemigas entre sí pero evitaron el encontronazo inercial con expresiones de júbilo, gorras al aire, descorche de botellas que salían del macuto de campaña y militares bailando con militaras al son de la banda del regimiento. Fue un instante, una foto, tras el que Europa, la Europa musculada y terrible, la gran productora de violencia histórica desde los inicios de la modernidad en el siglo XVI entró en un sueño placentero velado por las dos superpotencias surgidas de la guerra contra Hitler, el malo por antonomasia, el joker cuya liquidación daba sentido a la nueva era.
Los países europeos se dedicaron a sus negocios bajo la vigilancia militar y económica de los dos imperios que los había rescatado del nazismo. En occidente y en oriente, los objetivos, recursos, métodos y fantasías eran distintos y en último extremo antagónicos pero había una extraña claridad, una esperanza difusa y un miedo genérico unánimemente compartidos al este y al oeste. Los europeos habían descubierto las virtudes letárgicas de la paz. Pero los dos imperios gestores de esta especie de fumadero de opio no descansaban en sus afanes propiamente imperialistas y lo que no se pudo hacer cuando ambos ejércitos bebían y bailaban juntos en las riberas del Elba lo consiguió la coexistencia pacífica, que es el nombre que recibía el fumadero cuando se hablaba del asunto.
Los músculos y los nervios empeñados en este pulso insomne terminaron por quebrar la resistencia de uno de los antagonistas, el oriental. La pax europea a la sombra de la bomba atómica había durado cuarenta y cinco años. Era 1989 y la arquitectura europea se resquebrajó, muy propiamente, con el derribo de un muro de hormigón que representaba la separación de los imperios que la habían ocupado y moldeado. Europa recuperaba su dimensión geográfica y con ella todas las perplejidades, incertidumbres y deudas pendientes. Ahora debía convertirse en una entidad inclusiva, colaborativa y pacífica, exactamente lo que no había sido nunca. Y eso en una circunstancia sembrada de factores adversos, interiores y exteriores. Entre los que vienen a mientes, la desigualdad económica y la diversidad histórica de los países que forman el mosaico; la reaparición del fascismo sobre cuya tumba se había erigido la ideología europeísta estándar; una globalización económica que jibariza la dimensión de la economía, y, por último pero no en último lugar, los movimientos de los dos imperios tutelares que, si bien tienen otros asuntos de los que ocuparse, no quieren abandonar la presa y, en consecuencia, necesitan debilitarla y quién sabe si ocuparla de nuevo. La guerra vuelve al horizonte. En el círculo exterior de este campo de operaciones, Europa también tiene que contar con el descrédito, la reticencia y tal vez el rechazo que provoca en los países del llamado Sur global, surgidos durante el letargo europeo de la segunda posguerra mundial y que guardan memoria muy precisa de lo que fue la colonización del hombre blanco, y si lo han olvidado, ahí está doña Meloni para recordárselo.
Al más optimista y ligero de los europeos se le ocurre que este panorama representa un desafío colosal, cualquiera que sea la solución que haya de darse, y que las elecciones europeas del próximo domingo deberían servir como un indicador para encararlo, pero, quizá bajo el efecto de los opiáceos ingeridos durante la guerra fría, los comicios europeos no consiguen desprenderse de su aire vacacional, como si fueran para elegir a los que han de ocupar las plazas en una colonia de veraneo y en esta creencia vamos a obsequiar con un escaño a un tal don Alvise Pérez cuyo programa confeso es huir de las requisitorias de la justicia de su país. Entre la picaresca española, y catalana, el parlamento europeo ocupa el lugar de las iglesias medievales y ofrece asilo en sagrado para forajidos. Para los demás celtíberos, que no somos forajidos pero sí amamos la justicia y sobre todo nos gustan los linchamientos, la campaña electoral ha discurrido en el dilema, doña Begoña Gómez ¿sí o no? Y así, pasito a pasito, vamos construyendo Europa sin dejar de ser españoles y muy españoles.