Speaker es una palabra inglesa que tiene dos acepciones; la literal se traduce por el que habla, el orador, el predicador, y en sentido figurado designa al que preside una asamblea política. El speaker es el que nos cuenta cómo es el mundo y nos indica qué hay que hacer. En un tiempo ya remoto, este término, espíquer, estuvo presente en el habla de este país para designar a los locutores radiofónicos; este escribidor recuerda haberlo oído en casa cuando los reyes de la radio eran Bobby Deglané, Alberto Oliveras o José Luis Pécker. La intrusión de palabras inglesas se daba al final del periodo de autarquía también lingüística impuesta por el primer franquismo, cuando las cafeterías recuperaban nombres como Florida o Nebraska y los cócteles que en ellas se servían habían dejado de llamarse colas de gallo. Sea como fuere, estas disquisiciones son el preámbulo para la presentación de un speaker de rabiosa actualidad.
Don Pablo Iglesias, el creador de podemos, ha sentido siempre una atracción irresistible hacia las representaciones de la realidad, mientras que la realidad misma le aburría atrozmente, como se vio en su corta experiencia como vicepresidente de gobierno y líder de un partido político que ya da señales inequívocas de que no cumplirá sus sueños. Ahora, don Iglesias es un speaker en las dos acepciones del diccionario Oxford: predica y dirige (virtualmente) a su antiguo partido, y además aspira a convertirse en lo que antes era un rey de las ondas y hoy es un influencer.
En su nuevo oficio puede emitir opiniones sobre temas muy peliagudos sin responsabilidad alguna, como quien torea desde el burladero, y ajustar cuentas con otros periodistas, bien sea porque siempre le tuvieron enfilado o porque las simpatías que le mostraron al inicio de la aventura podemita se han enfriado. Estos últimos son legión porque el despegue de podemos debió mucho a los medios de comunicación, a los que don Iglesias se entregó con entusiasmo hasta hacerle comprender que no se podía ganar si no les tenía de su parte. Pues bien, Ana Rosa, Ferreras y compañía no estaban de su parte. Atacarlos ahora, como hace don Iglesias, es la enésima versión de la fábula de los gigantes y los molinos, en la que todos sabemos quién sale apaleado, situación que a don Iglesias, enjuto, audaz y justiciero como El Caballero de la Triste Figura, no parece disgustarle.
No quisiera pensar que doña Ione Belarra, la actual líder podemita, escucha los podcasts de La Base con la misma atención hipnotizada con que mi madre escuchaba la voz de Alberto Oliveras cuando decía Ustedes son formidables, pero algo de eso ha habido en la posición de unidaspodemos en relación a la guerra de Ucrania. A la vista de los hechos, era temerario, para decir lo menos, señalar de inmediato la responsabilidad de occidente en la agresión rusa y proponer una negociación para la que no había base alguna. Sin duda, lo de Ucrania va para largo y habrá acontecimientos que nos harán matizar la primera impresión comúnmente aceptada de esta guerra; de hecho, ya está ocurriendo. Pero un partido de gobierno tiene obligación de medir los tiempos de su estrategia y ser cauto con los datos que hay sobre la mesa. Lejos de ello, los podemitas han llevado su desbarre a acusar de prevaricación al gobierno del que forman parte y de cuyos acuerdos son corresponsables a cuenta de la reunión de la otan en Madrid. Todo este ruido no parece que se lo esté poniendo fácil al proyecto de doña Yolanda Díaz. Quién sabe, quizá el llamado espacio confederal esté perdiendo la realidad, pero ha ganado un speaker en la neblinosa esfera de las ondas radioeléctricas.
P.S. Último combate podemita/periodista a cuenta de la otan: Echenique vs. Juliana.