Manda huevos la capacidad que tenemos en el rabo de Europa para abstraernos de la agenda de la realidad  y crear señuelos para distracción doméstica. Cualquier cosa nos vale para montar una guerra civil o su simulacro. La cosa es estar entretenidos. El pretexto es lo de menos y tanto da que no haya desacuerdo sobre el asunto en litigio como que importe un pito a la mayoría de la población. Estos días hemos tenido dos ejemplos al pelo. Nadie quiere una granja porcina a la puerta de su casa pero eso no obsta para que el asunto haya estado en portada semanas y semanas agitado por nuestra derecha gamberra (no tenemos otra) y haya concluido, si es que ha concluido, con el asalto a un consistorio municipal por una horda enloquecida que decían defender la ganadería imitando las maneras de esta y comportándose ellos mismos como ganado asilvestrado.

El segundo episodio es más chusco, si cabe, pues se refiere a quién va a perder este año el concurso canoro de eurovisión en nombre de la bandera rojigualda. De momento, la candidata elegida ha sido objeto de un linchamiento cibernético por una chusma de acosadores que la han tundido a insultos, amenazas y procacidades. Aunque, ciertamente, el asunto es una muestra de democracia  manipulada en la que se urde un aparatoso procedimiento dizque democrático para, al final, satisfacer los intereses de la industria del sector; como siempre, vamos.

Al tal fin, este año se ha elegido a la víctima que se sacrificará en el altar de eurovisión mediante un festival previo en el que votaban tres estamentos: el público del festival, una muestra demoscópica arbitraria que incluía la inabarcable variedad de nuestro plurinacionalismo patrio y un jurado profesional, cuyos votos valían tanto como los de los otros dos bloques juntos. Las candidaturas posibles eran tres: una cantante feminista, un grupo que cantaba en gallego y la finalmente agraciada. El populus votó por las dos primeras pero el senatus profesional se inclinó por la tercera, una chica muy animosa y dispuesta que se contorsiona y canta como programada por un algoritmo, y es que, bajo la farfolla eurovisiva, hay pasta e intereses en juego y la industria musical española lleva décadas buscando la fórmula para hacerse con el palmarés. Si los progres querían dar una batalla, han elegido mal la cancha. La consoladora noticia es que ni el grupo gallego, ni la cantante feminista ni la chica-robot que subirá al escenario, hubieran ganado o ganará el certamen.

España es a eurovisión lo que Inglaterra a la copa mundial de fútbol: la han ganado una sola vez hace más de medio siglo. Lalalá en la televisión en blanco y negro. La minifalda y el entusiasmo gritón de Massiel fue la aportación de España a los cambios que anunciaban las barricadas del mayo francés ese año. También en aquella ocasión hubo una sorda lucha previa entre populus y senatus. El gobierno rechazó que la canción española fuera defendida en catalán por Joan Manuel Serrat y, por casualidad, la decisión funcionó. Serrat hizo una brillantísima carrera por libre y Massiel se recicló como pasto del cotilleo televiso para los restos.

El Lalalá quedó flotando en la memoria como el globo del niño en el parque, sujeto por un hilito, porque las décadas siguientes fueron, como la vida misma, un registro interminable de fracasos y el certamen prácticamente desapareció del radar de la atención pública. En 1983, Remedios Amaya fue noticia porque no recibió ni un voto en el concilio internacional y en esos años la tele pública encargó el comentario del festival a un poeta hermético, José Miguel Ullán, que más que comentarlo lo deconstruía. En 1995, Anabel Conde quedó segunda con Vuelve conmigo. ¿Se acuerdan? No se preocupen, no es el alzheimer. Y de nuevo vuelta al fondo del pozo. Si no puedes sacar la cabeza, al menos ríete de los peces, debió pensar alguien en 2008 y mandaron a defender la plaza a un payaso  que invitaba a bailar el chikichiki y que, curiosamente, no ha sido el peor clasificado de la historia. Después de él, la mayoría de los concursantes patrios no ha pasado del penúltimo puesto. ¿Y por esta mierda montamos un bochinche? Ah, hoy se vota en el parlamento la reforma laboral.