No mires arriba, de Adam McKay, es la estrella de los belenes de entretenimiento digital en estas navidades. Es una peli descacharrante del género comedia apocalíptica que tiene una precedente ilustre: Teléfono rojo, de Stanley Kubrick (1964). En ambas, el argumento es el mismo: una amenaza a toda la humanidad que viene del cielo y no puede ser conjurada ni repelida precisamente porque lo impide la estructura política y tecnológica creada por la especie humana para su propia seguridad. El mero planteamiento de esta hipótesis lleva implícita la humorada, y ante el fin del mundo, inminente e ineludible, no cabe más que la risa. Angustiarse supone que hay esperanza y, en efecto, el astrónomo y la becaria que descubren un cometa que se estrellará contra la Tierra en unas semanas acabando con toda forma de vida, se angustian e ingieren ansiolíticos a puñados mientras intentan convencer al gobierno y a la sociedad de la amenaza, hasta que por último deciden encerrarse en casa, rezar una oración y cenar en familia mientras el suelo tiembla bajos sus pies por el impacto del cometa. No hago ninguna revelación (spoiler, se dice ahora en nuestro recién adquirido spanglish) porque el hilo argumental es obvio y el interés de la película descansa en otros factores.
Lo llamativo es que se trata de una historia sobre la falta de futuro, una preocupación muy actual. En el precedente filmado por Kubrick sesenta años atrás era justamente el futuro, expresado en términos de progreso, lo que se intentaba preservar porque su viabilidad pendía de un finísimo hilo que un error humano o un equívoco en las comunicaciones entre los dos bloques enfrentados podía romper y fundir el planeta en un holocausto nuclear. La llamada guerra fría, que es el paisaje que describe la obra de Kubrick, fue el enfrentamiento político y económico de dos sistemas antagónicos de desarrollo de la humanidad. Ambos bloques pugnaban por dominar el futuro. El riesgo residía en que estaban armados hasta los dientes y hubieron de convenir una estrategia preventiva a la que se llamó destrucción mutua asegurada. Esta dialéctica histórica se desvaneció al desplome del bloque socialista, que fue recibido jubilosamente como el fin de la historia.
Entonces, a principios de los noventa, nadie advirtió las implicaciones de la fórmula. Si había acabado la historia, también había desaparecido el futuro. El panorama era, sin embargo, halagüeño. Adiós a las ideologías totalizantes, los sacrificios en nombre del porvenir y la pesadez de la toma de decisiones públicas, de las que se hace cargo el mercado. Y todo fue bien hasta la crisis de 2008, que nos pilló brindando por nuestra buena suerte, sin ahorros, endeudados, sin empleo, sin vivienda, sin saber qué hacer y, por ende, sin futuro. En esas estamos ahora mismo y los partidos que nos representan intentan remediarlo, los progresistas zurciendo los descosidos del presente sin saber cómo hacerlo ni si servirá para algo, y los voxianos de toda laya, rompiendo los patrones para volver al pasado, sin saber a cuál.
No mires arriba no es un tratado filosófico, claro, sino una formidable ópera bufa que pone en escena los dos movimientos más relevantes de esta época de grandes emociones: el trumpismo político y el misticismo tecnológico de Silicon Valley, que interactúan frenéticamente para convertir este mundo en un manicomio en el que la caída de un gigantesco pedrusco hirviente sobre nuestras cabezas no resulta tan impensable ni necesariamente indeseable, tanto menos si, como es el caso, la historia está contada en una excelente producción, con un guión chisporroteante, un ritmo narrativo trepidante y un elenco de intérpretes superlativos que muestran estar en la gloria. Regálense para reyes un rato feliz, si no han visto la peli y no les ha caído todavía un meteorito en la cabeza, lo cual ya le ha ocurrido a mucha gente.