Año nuevo, vida nueva, y así es posible que hayamos asistido por primera vez a un acuerdo político a cambio del honor de una obrera de la literatura. El precio del pacto, habida cuenta los firmantes del mismo, ha sido una paletada de barro añadido a la memoria de la escritora. Solo en este intratable país de cabreros es posible lo que ha ocurrido con la memoria de Almudena Grandes, a la que el diminuto alcalde de Madrid ha despreciado después de que aceptara nombrarla hija predilecta de la ciudad para satisfacer la demanda de un puñado de concejales tránsfugas que han impuesto esta condición para apoyar los presupuestos municipales.
Es famosa la sentencia del general De Gaulle cuando se le informó de la inmediata detención de Jean-Paul Sartre por lo que hoy llamaríamos apología del terrorismo cuando el filósofo apoyaba a los independentistas de Argelia. En Francia no se detiene a Voltaire. Luis XIV no lo hizo, zanjó el general cuando la notificación de la fiscalía llegó a su mesa. De Gaulle y Sartre salieron indemnes de este lance, y el honor de ambos, intacto, a pesar de que el aprecio político del primero hacia el segundo no era mayor del que siente don Ayuso por Almudena Grandes. Simplemente, es una cuestión de altura, un factor de medición de los actos humanos que tampoco es comparable entre De Gaulle y don Almeida. Este último ha empezado el año peleando con dos fantasmas y se ve que no da abasto. Entre doña Ayuso, que está viva y colea, y la escritora de Chamberí, recientemente fallecida, el alcalde y portavoz nacional del pepé está en un ay.
Almudena Grandes es una escritora muy notable en la tradición de la novela realista y documental, galdosiana, que ha abierto campos al conocimiento de nuestra historia reciente tomando partido por los humillados y ofendidos, y en este empeño ha gozado del aprecio de un público muy amplio, no solo en España. No merecía el ruido y la confrontación que ha acompañado a su sepelio, no solo por la grosera y previsible cicatería de la derecha madrileña sino por la batucada de una cierta izquierda resuelta a forzar un reconocimiento institucional de la escritora, que esta no necesita y que las autoridades en ejercicio querían negarle. Que, al final, este reconocimiento llegue a regañadientes para acordar un pacto que nada tiene que ver con el trabajo y la obra de la novelista, no hace sino reforzar el carácter esperpéntico de la escena. Ni el título de hija adoptiva ni el nombre de una calle van a añadir nada a la calidad de sus relatos y al aprecio de sus lectores. Si se quiere que sea conocida por las generaciones futuras, el camino más corto y eficiente es incluirla en los programas de enseñanza de literatura. Todo lo demás es farfolla.
Vivimos tiempos de discordia en los que, ante la imposibilidad de cambiar la realidad, cambiamos cromos, y no solo los políticos están en esa faena. Fue curioso observar las noticias de urgencia que informaron del fallecimiento de Almudena Grandes. Las más recordaban en la entradilla que era la autora de Las edades de Lulú, antes de cualquier otra obra. Después de esta primera novela, que en efecto leyó todo el mundo por razones obvias, vinieron los relatos históricos de la postguerra española, que constituyen el grueso de su obra y por los que la autora sin duda querría ser recordada. Pero por encima de los niños hambrientos, las mujeres corajudas, los guerrilleros míticos y los ciudadanos abnegados en tiempos de desolación, lo que la memoria colectiva recuerda son las ardorosas peripecias de una adolescente a la que la autora llamó Lulú en la festiva década de los ochenta.