En abril de 1928, el gran Joseph Roth asistió a un concierto en el Volksgarten de Viena, interpretado por una banda militar. El marco es deslumbrante y emblemático de la ciudad, y podemos imaginar no sólo la afición musical del auditorio de burgueses desocupados que asistían al acto sino también su arrobo patriótico. El concierto terminó, adivínenlo, con la Marcha Radetzky, que se interpretaba sin partitura, ante los atriles vacíos, como si no existiera sobre papel sino que estuviera grabada en la carne y la sangre de los músicos, que la tocaban sin pensarlo, igual que se respira sin pensarlo, escribiría Roth en la crónica que publicó el día 18 de ese mes en el Frankfurter Zeitung.
Sonaba la marcha -continúa la crónica de Roth-, que es La Marsellesa del conservadurismo, y, aunque los tamborileros y trompetistas seguían en sus puestos, me parecía verlos marchar arrastrados por la melodía. Sí, todo el Volksgarten marchaba. La gente quería pasear y perder el tiempo, pero el redoble de los tambores apresuraba las piernas. Continuaba resonando durante un rato en la calle, sobreponiéndose a los ruidos de la ciudad como un raudo trueno risueño.
En la gran colmena del mundo globalizado, cada sociedad, cada grupo, cada nación, tiene que encontrar su espacio, su altavoz para hacerse oír, la razón de su existencia, y Austria se ha hecho con el privilegio de inaugurar el año nuevo con la Marcha Radetzky, la misma que hace un siglo escuchaba Joseph Roth en el Volksgarten intentando comprender qué mecanismos internos de la sociedad de entreguerras removían estas notas. Esta pieza musical no es anecdótica para Roth: da título a su novela más notable, una obra maestra absoluta, que publicó cuatro años después de esta crónica callejera y es un mural deslumbrante de la decadencia del imperio austro-húngaro. Un imperio que abarcaba todo lo que un centroeuropeo podía conocer, desear y admirar, y que parecía eterno, siempre igual a sí mismo,
Cada primero de enero, el público que se acomoda en la sala dorada del Musikverein de Viena también representa al mundo actual tal como lo conocemos. Ricachos venidos de todos los confines del planeta parece que estén ahí para entretenerse y perder el tiempo, que diría Roth, pero a la vez se adivina la impaciencia y la inquietud que les posee mientras discurren los insulsos valses y polcas del programa y esperan a que llegue la marcha que cierra el concierto y que acompañan con sus palmas inflamadas de júbilo guerrero. La Radetzky es una marcha circular que vuelve al punto de partida y nos recuerda que el año que se inicia debe ser igual al que se ha ido.
Gracias, Manuel, con tu mirada de hoy has ilustrado perfectamente lo que era para mi un sentimiento sin razonar: Llevo varios años que no puedo escuchar el Concierto susodicho sin sentir una repulsa visceral ante el público que allí se pavonea, ante el lujo soberbioso que se muestra.
Me ha costado entender que, sin despreciar la música que no puedo porque me gusta, no puedo contribuir a la difusión de semejante concierto tan retro y conservador.
Fue un sentimiento de rechazo, hoy es una razón de alejamiento y será más fundamentada cuando lea a J. Roth.
Gracias.
Hola, Ángelo. Gracias por tu comentario. Si estás interesado en el artículo de Joseph Roth que se menciona en esta entrada, lo puedes encontrar en «Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras» (Editorial Acantilado, 2020) con el título «Concierto en el Volksgarten». En otro capítulo del mismo libro. Roth alude a la influencia española en la cultura austriaca y ofrece la siguiente afirmación: “Quien no oye las castañuelas en la percusión del comienzo de la Marcha Radetzky no tiene oído para la música”. Curioso, ¿no? Un saludo.