Bronca, golpes y heridos en el mitin de presentación de la última estrella de la ultraderecha europea, monsieur Zemmour, que concurre a las elecciones presidenciales francesas con un artefacto electoral de intenso buqué celtibérico: Reconquête (Reconquista). Mal va la cosa en Europa cuando los franceses copian el folclore político y el nomenclátor de este lado de los Pirineos. Hasta apenas ayer mismo, la transmisión de ideas circulaba en sentido contrario y a los de aquí nos inspiraban los de allá. Eso se ha acabado. Si nuestros voxianos quieren volver a don Pelayo, su émulo francés quiere volver a Vercingétorix. A ver quién llega antes a la caverna originaria.
Monsieur Zemmour cree que su inmediata rival en el campo ultra, madame Le Pen, es demasiado tibia y su discurso se confunde con el del actual presidente, el centrista monsieur Macron. (la televisión francesa habla de remontada, en castellano, para identificar el riesgo de la veterana frente al neófito). La colusión y/o la colisión entre el centrismo liberal y la extrema derecha también se da en el país de los celtíberos, donde nos cuesta discernir en qué se diferencian don Abascal y doña Arrimadas o doña Olona y doña Ayuso. Todos estos personajes, aquende y allende de los Pirineos, se ven beneficiados por un desplazamiento tectónico del sistema político hacia la derecha, como si el destino natural de las sociedades que han atravesado un periodo neoliberal, y las crisis correspondientes, fuera caer en algo que todavía no tiene nombre pero que, a falta de mayores precisiones, podríamos provisionalmente llamar fascismo.
La panoplia argumental de monsieur Zemmour es la de uso estándar en esa parte del espectro político: no a los inmigrantes, la mujer en casa para criar a los hijos, el empresario puede rechazar al trabajador por razones raciales, etcétera. El candidato es un fervoroso creyente en el gran reemplazo, el delirio que sustituye a Los protocolos de los sabios de Sión en el imaginario neofascista actual, según el cual hay una conspiración de las elites mundiales, en las que abundan los judíos, claro, para sustituir a la raza blanca de Europa por otras más oscuras y serviles. Zemmour debe saberlo bien y parece predicar para salvarse de la quema que predica. Es judío de origen argelino y se ha criado en barrios periféricos. Así que bien podría calificarse como un traidor colosal a sus orígenes y a su gente. Aunque él preguntaría ¿cuál es mi gente? Para corroborar esta deserción de los suyos y de la verdad, ha afirmado que Pétain y su gobierno no colaboraron en el exterminio de los judíos franceses.
Todos los demagogos comparten características personales de desclasamiento y resentimiento social. Lo que no han obtenido por razón de cuna u oportunidad lo quieren tomar con el apoyo de quienes comparten estos sentimientos en su vida diaria. Esta sopa sentimental solo adquiere sentido con las palabras, y en eso los nuevos demagogos se han entrenado largamente porque proceden de los medios de comunicación y en el uso de la palabra son incisivos, obscenos, osados para la mentira, elusivos respecto a los hechos y con un oído finísimo para detectar el innombrado malestar del común. Su primer paso en la plaza pública es destruir el lenguaje convenido que da sentido al contrato social; luego, si llegan al poder, ya veremos qué más cosas hay que destruir. Monsieur Zemmour no es muy distinto de míster Johnson, el astuto payaso que gobierna el desbarajuste del Brexit y que ahora intenta romper los acuerdos que lo hicieron posible, del que se habla poco a pesar de que representa mejor que nadie la irrupción de la ultraderecha en el cuerpo anquilosado y envejecido del conservadurismo tradicional.