El viejo recuerda la primera vez que oyó el grito independentzia y la extrañeza que le produjo. Independencia, ¿de quién? Fue a principios de los ochenta cuando cubría como periodista un mitin multitudinario de la entonces llamada herribatasuna en un polideportivo de esta remota capital subpirenaica. Quien se desgañitaba con la demanda de independentzia al lado del periodista era una muchacha adolescente, que ahora tendrá unos sesenta, quizá jubilada, quizá abuela. Luego, claro está, el periodista ahora viejo y jubilado también, oyó muchas veces la reclamación de independentzia, en ocasiones subrayada con un balazo en la nuca o una bomba que había reventado a alguien. Al final de un periodo que parecía interminable, el destrozo social y la aflicción que produjeron estos métodos de reclamar la independentzia parecía que fueran a llevar a una reflexión sobre el significado del término pero no ha sido así. Miles de personas se manifestaron ayer en Bilbao con la misma demanda y la misma coreografía de ocasiones anteriores tantas veces vista.

La convocatoria fue sin embargo deliberadamente equívoca y oportunista porque se hizo en nombre de un presunto muro antifascista en la fecha de la muerte de Franco y como presumible respuesta a los actos de homenaje que recibiría este en otros lugares. Es difícil imaginar un futuro antifascista dirigido por los amigos políticos de, digamos, Santi Potros y bajo las premisas ideológicas que rigieron la vida de este y otros correligionarios. Y, sin embargo, el objetivo puede reunir a varios miles de fieles militantes para reclamarlo, muchos de ellos con edad suficiente para saber qué se está pidiendo. Quienes concurrieron a la manifestación no pueden imaginar, o quizá sí, la ansiedad y el desasosiego que provocan en buena parte de su vecindario, no necesariamente fascista. Si quieren hacer amigos, deberían pensarlo. Si los indepes catalanes, mucho más potentes políticamente y que no rompieron ni un plato en su demanda, están estancados y enfrentados entre sí, ni siquiera necesitamos imaginar qué pasaría con la demanda vasca porque ya se ha experimentado.

Independencia y libertad no son términos sinónimos. El segundo alude a un anhelo individual y universal, siempre abierto y perfectible. La independencia, en cambio, es concreta e  implica la creación de un demos, que no es preexistente, y el trazado de nuevas fronteras en cuyo interior habrá o no libertad en función de las necesidades del nuevo estado. La comprensión de estas generalidades está al alcance de todo el mundo. La independentzia, por ende, alberga dos paradojas. La primera radica en que el ciudadano vasco no es más dependiente que cualquier otro del estado; al contrario, lo es bastante menos, en términos económicos y políticos, porque dispone de más recursos para sostener y gestionar su autogobierno, lo que conviene tener en cuenta para medir la simpatía que la independentzia puede encontrar en una circunstancia en la que la igualdad es también un derecho universal y una exigencia en alza.

La segunda paradoja es más íntima, a menudo poco valorada, sobre todo en la alt left que a menudo hace piña con los independentistas, y radica en el origen carlista, vale decir, reaccionario, de estos movimientos, sean vascos o catalanes. En la remota provincia subpireniaca, donde, como dijo el otro, nos conocemos todos, es muy fácil establecer el hilo genealógico desde del abuelo que apoyó el golpe de estado fascista al nieto que se proclama antifascista, y en los dos casos por las mismas buenas razones: para acabar con el estado democrático, que no responde a su visión doméstica del mundo. En el terreno de los hechos, ninguna independencia será posible sin contar con las burguesías locales, que son las titulares de la marca y tienen su propia agenda, como se está viendo en Cataluña. Entretanto, la manifestación antifascista de Bilbao es una pedrada al tejado del gobierno de coalición, a la que se sumarán otras en las próximas semanas, de policías y diversas patronales del transporte, de los agricultores, etcétera, y así vamos tirando.

P.S. En una de las pancartas de la manifestación de Bilbao se proclamaba un país de libres e iguales.  Seguramente no estaba hecho aposta pero es el mismo lema de la cofradía de doña Cayetana Álvarez de Toledo.