¿Qué va a ser de los que nos hemos criado en la cultura analógica, la cual implica que el mundo y la realidad son un relato sin fin?  Quienes urdieron esta civilización, en la que aún estamos, tuvieron que ingeniárselas para que el relato prosiguiera después de la evidente muerte, y la respuesta fue otra vida. Es esta una noción confusa y variable, ya sea un estático paraíso o infierno, una agitada transmigración de las almas a través de las especies vivas, un universo paralelo e idéntico al que habitamos o un eterno retorno cíclico en el que los difuntos se encarnan en los vivos. Todas estas variantes tienen en común el deseo de que la fiesta no pare y requieren de la cualidad de la esperanza para su funcionamiento. Pero, ¿qué ocurre cuando la cultura deja de ser analógica?

La principal mutación que viene con la cultura digital reside en que el relato deja de ser sucesivo y se hace alternativo: la verdad y la mentira conviven con idéntico crédito, la memoria permanece intacta junto a nosotros y no se necesita el futuro, ni el más allá, porque toda la vida posible está aquí, a la mano. Fíjense en el careto de ese tal Zuckerberg, que parece una creación en 3D y que ha construido un artefacto llamado muy propiamente Metaverso, en el que habitaremos en realidades virtuales de innumerables colores y sesgos y nos socializaremos en ellas. Adiós a la familia, a la nación, a la historia, al vecindario. Adiós al relato, en último extremo.

En días como este en el que la tradición intenta sellar el abismo entre vivos y muertos a través de rituales prolijos e insuficientes –limpiar tumbas, cubrirlas de flores, dedicar una plegaria a lo que queda detrás de la lápida, etcétera-, bastará que los vivos convoquen a los muertos o los creen mediante un programa informático, con la contrapartida de que podrían ser los difuntos quienes convoquen a los vivos si es que en algún archivo se conserva su memoria susceptible de activarse desde una inteligencia artificial como la que hace funcionar a facebook. ¿No nos recuerda este chisme el cumpleaños de los vivos (y de los muertos, si sus descendientes no han tenido la precaución de cancelar la cuenta)?  Entonces, ¿qué impide que estos se hagan presentes para que soplemos juntos las velas de la tarta?

Y quien dice cumpleaños, dice cena de nochebuena, reunión de negocios o cita galante, sin que tengamos que perder el tiempo en discernir si es real o virtual. En el artefacto de Zuckerberg nadie está vivo ni muerto, como el gato de Schrödinger, porque sus habitantes son, somos, avatares quánticos y a juzgar por el afán con que nos aferramos a los dispositivos móviles diríase que eso es lo que verdaderamente queremos ser de mayores.