‘La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos’. (Karl Marx, 18 Brumario de José Bonaparte).
La repetida cita de Marx es una negación del carácter emancipador y promisorio que tuvo el marxismo, Lo que quiere decir es que siempre habrá muertos cuya memoria será una pesadilla para los vivos y es inútil intentar la consecución de una sociedad feliz. En este país lo sabemos bien porque en el periodo de dos siglos en que ha sido una nación en el sentido moderno, digamos, desde principios del XIX, ha estado enfangada en un abrupto diálogo de vivos y muertos. Hace una década que cesaron los atentados de la banda terrorista eta y que esta se disolvió. Nadie cree que aquella violencia vaya a reproducirse en un plazo previsible pero ha bastado la mera evocación del aniversario para que se reactive un nuevo episodio de la interminable dialéctica y la bronca llegue al parlamento.
Esta vez, ha abierto la tienta don Arnaldo Otegi con una declaración de empatía hacia las víctimas de la banda de la que él mismo formó parte. Otegi, como su modelo, el irlandés Gerry Adams, quiere hacer política y sus actos deben ser entendidos en esa clave. Ante la opinión pública hace una declaración de buen rollo y ante sus seguidores explica las razones tácticas de su declaración. Su intención es hacerse valer ante el gobierno español y ante sus partidarios, auditorios que tienen objetivos distintos cuando no contrapuestos. Ante el gobierno de don Sánchez adopta un mensaje de complicidad (fingida) y a los suyos les ha de convencer de que esta retórica está dirigida a resolver lo único que les preocupa: la liberación (improbable) de los convictos por delitos de terrorismo que aún están presos. La operación es tan obvia que debería resultar irrelevante pero, con nuestra actual derecha, en estado de histeria permanente, es inimaginable que la dejaran pasar sin hacer todo el ruido posible. Don Otegi, encantado. Vivimos en un mundo en que la calidad de un político se mide por los minutos de tele que consigue acaparar.
La zarabanda ha dado voz a los fanáticos marginales, que los hay en todas las familias. El ex ministro don Mayor Oreja y el ex vocero de eta, que anunció el fin de la banda con otros dos colegas encapuchados y tocados con una ridícula boina, don Daniel Pla, han coincidido en la opinión de que la banda no fue derrotada. Ambos saben que los hechos contradicen sus convicciones pero las mantienen porque diríase que leen la intrahistoria que discurre bajo la anécdota de los acontecimientos, según la cual estos cuarenta años de violencia política saldados sin que la tropa alzada consiguiera ni uno solo de los objetivos por los que decía luchar, no son sino el enésimo avatar de lo que podríamos llamar el malestar carlista, una especie de sarpullido político-militar que se manifiesta cada cierto tiempo en regiones del norte del país y que pone en evidencia el fracaso crónico del estado nacional. Así pues, la guerra continúa, en estado latente.
Estos días encontramos un rasgo indiciario en la remota provincia subpirenaica. El alcalde de la localidad de Tudela, segunda ciudad de la provincia, ha denunciado un acoso hacia su persona por activistas del partido de don Otegi y no ha dudado en evocar el tiempo, no tan lejano, en el que las víctimas de eta eran señaladas en carteles con una diana en la frente. Los carteles no tienen diana y su texto se refiere a una operación inmobiliaria de la alcaldía en la que los autores de la cartelada sospechan irregularidades. Nada que no pueda ocurrir en cualquier municipio del país pero que aquí tiene contexto. El alcalde, que también se siente amenazado por el gobierno de la provincia, agita los viejos miedos para eludir la respuesta por un hecho administrativo pero, a su vez, la oposición llamada abertzale, con representación en el consistorio y acceso a los medios de comunicación para hacer oír su criterio, no ha podido o no ha querido evitar el gesto populista de presentar en la calle al alcalde como un turbio delincuente. Cosas de la aldea, se dirá con razón, pero justamente es de esta aldea de la que estamos hablando.