El viejo abandona su cubil donde ha pasado el confinamiento y su secuela de pejigueras pandémicas, que le han tenido varado un par de años en tierra firme, para darse un bañito en el lejano mar. Atrás queda el horizonte del patio de vecindad que le ofrece la ventana de su celda cuando pedalea en la bicicleta estática. El sopor del viaje trae la evocación de las caricias del sol, la brisa y el agua salada. À la recherche du temps perdu. El estado de ánimo es una mezcla de regresión y renacimiento. Pero el efecto narcótico durará poco.
La primera escala, al apearse del tren, es la red del suburbano que habrá de llevarle a la estación de autobuses desde la que alcanzará su destino. La humanidad vaga por las galerías, febril, absorta, apresurada. La primera pregunta que asalta al viejo, ya en el papel de Paco Martínez Soria en La ciudad no es para mí, es ¿quién gobierna este caos? Luego, habrá de concentrarse en la pelea con el expendedor automático de billetes. Un impasible robot es mil veces más amenazador y disuasorio que un empleado cabreado al otro lado de la ventanilla. Conseguido el tique, el viejo llega no sin algún despiste adicional al andén de la línea correspondiente. Está abarrotado de gente de toda clase y condición; los más, encorvados sobre sus dispositivos móviles cuya pantallita arañan premiosamente. De la embocadura más alejada del andén, a la izquierda del viajero, viene un rumor y la gente, hasta ahora estática y ensimismada, empieza a moverse con torpeza: miradas interrogativas e inquietas. La causa de esta agitación son dos tipos descomunales, guardas deseguridad del suburbano, que informan al público de que la línea está cortada y se debe abandonar el andén. Los tipos llevan de la correa dos legendarios pastores alemanes con las fauces precavidas con un bozal metálico, como un Aníbal Lecter canino. El escenario ha mutado a Blade Runner. Algunos viajeros, pocos, extraen valor suficiente para preguntar por qué han de abandonar el andén (no debe olvidarse que esta gente luchó no hace tanto por su independencia) y el segurata, híbrido de portero de discoteca y caudillo vikingo -barbas rubias que cuelgan bajo la mascarilla, cabello recogido en un moñete, brazos prolijamente tatuados, aros en las orejas como para colgar de ellos a los enemigos-, le responde que uno de los perros de la brigadilla ha escapado (¿por qué me extraña?, se dice el viejo) y está rondando por los túneles y no volverá si ve que en el andén hay gente. El argumento animalista parece convencer a la masa, que disciplinadamente se dispersa por las galerías en busca de una alternativa de viaje que no perturbe el ansia de libertad del perro fugado.
Por fin, en la playa. El verano astronómico ha terminado hace unos días pero, si bien el sol debe compartir el escenario con algunas nubes, la temperatura es apacible y los turistas han abandonado el lugar. El viejo toma posesión de la habitación del hotel, rescata del equipaje el calzón y la toalla de baño y baja a la playa. Una sensación de gratitud le invade cuando pisa la arena, avanza unos metros hacia la orilla deleitándose en la expectativa y se detiene a una distancia prudente de los veraneantes más próximos, extiende la toalla en la arena, se sienta sobre ella, no sin cierta brusquedad, y descubre despavorido que, por más que se retuerza no puede desanudar las zapatillas y quitárselas. Un observador benévolo podría decir que está ante una foca torpona pero es algo peor: un saco de patatas. Después de algunos esfuerzos que no calificaremos el viejo está de pie sobre la toalla, con una zapatilla en la mano y los pantalones en los tobillos, y con toda la dignidad que puede reunir, se los sube, los ciñe a cintura y con la toalla en una mano y la zapatilla en la otra desfila por la cálida arena hacia la seguridad del paseo marítimo con la apostura de un torero que ha dejado viva a la res en el albero. El breve paseo le inspira una sentencia para su libretita de aforismos: vivir es un combate incesante contra el ridículo, o algo así, ya lo perfilaremos cuando se publiquen las obras completas.
No crean que el viejo cedió en su propósito tras esta derrota. Al siguiente intento, alivió la impedimenta y calculó antes el método. Bajó a la playa en bañador, algo que le había parecido impropio el día anterior, y sustituyó las zapatillas deportivas por chanclas; de este modo se hacían innecesarias las operaciones que llevaron a la impotencia el día anterior y, en efecto, llegó hasta el mismo borde del agua y dejó que en su último impulso la burbujeante ola le acariciara los pies como un gatito juega con un ovillo de lana (el tropo es de Colette pero fue el que le vino a la cabeza al viejo en ese momento bautismal). Conquistada esta posición, ¿por qué no avanzar un poco y completar el ansiado baño? Apenas un paso o dos más adelante, la arena formaba un escalón que hacía que el agua llegase como mucho a la cintura y desde ahí dar unas brazadas sería coser y cantar, así que el viejo avanzó un paso para bajar el escalón olvidando, una vez más, que la arena se abre bajo el peso del cuerpo y ocasiona una pérdida de equilibrio que le sumergió por completo haciendo que aquellos pocos centímetros de profundidad se convirtieran en la sima de las Marianas. Braceó el viejo maldiciendo el carácter indomeñable del mar y, ante la dificultad de recuperar la vertical, salió del agua gateando. Esta ocasión no inspiró ningún aforismo sino una amarga reflexión: cuánto has envejecido, tío, y no tiene remedio.
No hay dos sin tres y el viejo volvió a la playa, pero esta vez atildado como un Aschenbach que va a contemplar a su Tadzio y se sienta en un chiringuito como un gin-tonic al alcance de la mano. En esa estrecha franja del mundo entre el perro perdido en los túneles del suburbano y el plácido mar que le niega sus favores, el viejo se sintió feliz y brindó con sus amigos por la buena vida.
Sus lectores asiduos echábamos de menos al bloguero, pero el regreso a su página con esta entrada, “El viejo y el mar”, recompensa de sobra nuestra espera impaciente. La vejez y sus achaques han sido objeto de meditaciones profundas, plañideras, apesadumbradas, quejosas o rebeldes, muy a menudo pomposas y casi nunca irónicas. Gracias, manuelbear, por una perspectiva tan poco trillada y tan jocosa.
Hola, Machena, gracias por tu comentario. Salimos del mar, de aquella manera, y volvemos al secano.
Magnífico.
Hola, Carlos, gracias.