Debería haber una ley no escrita, o mejor, escrita e ínsita en el código penal, que prohibiera a los has been de la política (ex esto y ex aquello) opinar sobre sucesos actuales en los que no han tenido arte ni parte pero que son consecuencia de las decisiones que ellos tomaron cuando les cupo hacerlo. La pena por el delito podrían ser fuertes multas o, ahora que están los talibanes en el candelero, una definitiva amputación de ese órgano carnoso que sirve para articular la fonación humana y que llamamos lengua. Esta misericordiosa ocurrencia ha sido inspirada por la intervención del míster Tony Blair, que, en plena debacle de Kabul, ha calificado de imbécil la retirada de la coalición occidental. Imbécil es un calificativo derogatorio que no describe lo que está pasando en Afganistán pero sí resulta pertinente a las decisiones que le precedieron y de las que míster Blair, probablemente el político de alto nivel que más imbecilidades ha perpetrado en los últimos decenios, fue fervoroso partidario y agente.

Fue míster Blair el entusiasta secuaz de míster Bush júnior para emprender la guerra de Iraq, que apartó el conflicto afgano del foco de la opinión pública y de la diplomacia internacional, como si fuera un expediente cerrado cuando en realidad empezaba a cocerse el amargo guiso que ahora degustamos. Si Afganistán ha resultado una guerra fallida, la de Iraq fue una guerra directamente imbécil, por utilizar el repertorio léxico de míster Blair. Sadam Hussein era una mala bestia pero no tenía ninguna complicidad con el terrorismo islamista y el famoso pretexto de las armas de destrucción masiva fue el mcguffin más improbable, o imbécil, que se haya inventado nunca para guionizar una acción bélica. Nadie en el mundo, ni siquiera quienes urdieron la patraña, creía en su existencia, excepto míster Blair, presidente del club de fans de la guerra, y por la parte que nos toca, don Aznar, entonces ciudadano adoptivo del gran estado de Texas, otro al que le iría bien la profilaxis talibanesca en la lengua.

¿En qué momento se inicia la decadencia de un imperio? He aquí una pregunta que entretiene a los historiadores y cuya respuesta es de mucho interés para los artífices de la historia. Un imperio es un movimiento ondulante, una ola que se inicia, dios sabe cómo, en el fondo del océano, levanta su cresta ante la admiración y el pavor de quienes la contemplan y languidece en las arenas de la playa o se rompe contra la escollera. Lo interesante de este proceso es el ritmo: las fases de nacimiento y apoteosis de la ola discurren parsimoniosamente, hipnóticas y majestuosas, pero el declive es veloz, atropellado, agónico, como la evacuación de Kabul. En la historia de Roma, el imperio más conocido,  podemos recordar a los primeros emperadores, si bien a partir del primero, Octavio, ya empezaron a exhibir manías raras, y a medida que avanza la historia sus sucesores se convierten de manera creciente en un tropel de nombres indiferenciados, en el que solo algunos destacan, no por sus valores políticos o morales, sino por sus errores de gobierno, como míster Blair, o por el carácter extravagante de su presencia pública, como míster Boris Johnson, que ha impulsado una conferencia de los que dicen siete grandes del mundo para prevenir una crisis humanitaria, apoyar al pueblo afgano y consolidar las conquistas de los últimos veinte años. El escéptico comentario de un funcionario británico a este propósito ha sido, cuando un gorila de cuatrocientos kilos decide una cosa, un chimpancé no tiene más remedio que seguirle. Ya ven, veinte años civilizando Afganistán y la empresa termina en una estampida de simios. ¿Hay mejor ilustración de lo que es la imbecilidad?