La victoria de los talibanes en Afganistán ha despertado, inevitablemente, toda clase de temores. El más repetido y percutiente, la suerte de las mujeres de aquel país. El burka, que las convierte en fantasmas, resulta una imagen hipnótica a la vez que folclórica. Intriga y repele. El corte de la prenda en una sola pieza desde la coronilla a los talones, su color celeste y la primorosa labor de encaje que sirve de mirilla a la portadora lo convierte en una fascinante rareza y la mentalidad occidental está educada para aprehender rarezas, ya sea para apropiarse de ellas o para denostarlas. El burka borra a las mujeres y es una enmienda a la totalidad de las conquistas de las feministas occidentales pero también nos aparta de las circunstancias de quienes están obligadas a llevarlo. Lo que no se ve no existe. Parece que, en estos veinte años, los talibanes han aprendido a pulir sus maneras, quizá aleccionados por los mentores saudíes, y han empezado su reinado de buen rollo. En la tele, dónde si no, un jefecillo talibán ha ofrecido una consoladora entrevista a una periodista ¡con el rostro descubierto! Es la clase de gesto que ayuda a rebajar el estrés de los infieles occidentales. En unas pocas semanas, este estrés habrá desaparecido por completo. Los arrumis tienen demasiadas causas que arreglar en el mundo y les falta tiempo para detenerse en Afganistán.
A los de por aquí, que no hace tanto que tuvimos a nuestros propios talibanes, nos convendría tener presente un par de obviedades sobre el burka. Una, que la ley islámica que lo ampara nunca ha dejado de estar vigente en Afganistán, ni con los comunistas, que no pudieron abolir su práctica, ni con los muyahidines que vinieron después, ni con los talibanes en su primer mandato, ni bajo los gobiernos dizque democráticos bajo la ocupación de Estados Unidos y sus aliados. Y dos, que la sharia, en sus distintas versiones, rige la vida de 1.600 millones de individuos que habitan en la franja que separa los hemisferios boreal y austral del planeta, desde el Sáhara occidental hasta Timor oriental en Indonesia.
De modo que puede decirse que la victoria de los talibanes restaura una normalidad histórica tenazmente discutida en Afganistán desde hace dos siglos por ingleses, rusos y norteamericanos, sucesivamente empeñados en imponer sus reglas con los mismos resultados sabidos. La situación de las mujeres afganas no va a ser en esencia, que diría un heideggeriano, distinta a la de las mujeres saudíes o quataríes, excepto en el hecho de que aquellas son pobres y estas no, lo que curiosamente cambia nuestra percepción de sus derechos. Que una mujer saudí no pueda conducir vehículos nos hace sonreír; que una mujer afgana tenga que ir al mercado cubierta de la cabeza a los pies nos despierta una incontrolable indignación. Folclore, moral y negocios, casi nunca hacen tripleta en el tragaperras occidental.
Afganistán es un país disfuncional para cualquier baremo imperialista. No tiene riquezas apetecibles, al menos que se sepa, y por lo tanto no puede mercadear su estatus. Su valor radica en el espacio que ocupa como campo de disputa de los intereses geoestratégicos de las grandes potencias. Es el tablero de el gran juego, como lo llamaron los británicos en el siglo diecinueve. Ahora entrará China a la cancha. Pero no perdamos la esperanza. Quién sabe si los afganos no encontrarán yacimientos de algún mineral raro y precioso para las nuevas tecnologías y los capitostes talibanes podrán comprar el Barça y fichar de nuevo a Messi y organizar el mundial de fútbol en Kabul. Incluso acoger a los reyes eméritos desahuciados. De todo hay precedentes.
Sencillamente… genial!!!
Hola, Xabi, gracias por tu exclamación. Un abrazo,