La pasada noche, el sueño del escribidor se vio asaltado por una pesadilla en la que un tipo decía, Sánchez sabe que esto no va de reencuentros, lo de Cataluña va de preguntar a la gente lo que quiere, estamos en el siglo veintiuno. A lo que el agitado durmiente replicaba, y si la gente responde a la pregunta y zanja la cuestión, ¿de qué hablaremos en el siglo veintidós? Otra voz intervenía, la autodeterminación y la amnistía amenazan con llevar la mesa de diálogo al colapso. ¿Y cómo distinguiremos un colapso de la situación actual?, respondía el durmiente. Pero la fantasmagórica Cataluña no era el único tema del delirio. Por el escenario correteaban los muñecos de un ventrílocuo estafador, pero ¿qué otra cosa puede ser un ventrílocuo? Y el recién nombrado defensor del español se despojaba afanosamente de su ropa para mostrarnos el tamaño de su chiringuito. Al fondo del escenario, una procesión de baby boomers peregrina llorando en pos de sus pensiones a través de un bosque canadiense en llamas. Cuando el escribidor despertó, el telediario todavía estaba allí. En una novela, el autor haría que su personaje saltara de la cama, encendiera un cigarrillo y mirase a través de la ventana. The Sun also rises. Pero esto no es una novela, el viejo dejó de fumar hace más de cuarto de siglo y ahora tiene que atender a una urgencia mingitoria.
La taza del váter es el mejor amigo del ser humano, quién iba a decirlo. El chorrito golpeaba la porcelana pero los fantasmas de la actualidad se negaban a abandonar al meón y allí apareció don Andrés Trapiello, que tendrá tu edad, más o menos, y que no ha parado de escribir sobre sí mismo y es autor de El Quijote, como Pierre Menard, para llegar a su apoteosis biográfica con un discurso patriótico de los de hace cien años. Viaje a la semilla. ¿No se cansan de oír su propia voz?, ¿cómo pueden vivir en un mundo en el que todo está ya escrito? Y tú, viejo, ¿cómo pretendes detener esta decadencia con la mera glosa de los enredos del guiñol?
Aliviada la vejiga, el viejo se entrega a una rutina sensorial: el aroma del café, la pátina de la mermelada en la tostada, la pulpa dócil del kiwi entre los dientes, en fin, los tópicos de siempre, a los que se recurre cuando la inspiración está ausente. Entonces decide que cerrará esta bitácora unos días, quizá semanas, para encontrarse a sí mismo; un propósito análogo al del niño que amenaza con dejar de respirar hasta que se le conceda su capricho.