No hace mucho, unos meses atrás, digamos, que este escribidor se enteró que era un individuo cisgénero. A los atributos que definen su identidad a ojos de los demás –bípedo, blanco, calvo, rechoncho, provinciano y otros- se añade este que designa a la persona que adopta el género que le han atribuido al nacer. Tal atribución se hace a ojo, echando un vistazo a los genitales del recién nacido y en este punto la labor del obstetra no es muy diferente a la del sexador de pollos, así que, habida cuenta la complejidad de la vida humana, está en lo posible que este juicio impresionista de primera instancia sea equivocado en algunos casos.

El antónimo del prefijo cis es trans y ambos designan posiciones espaciales separadas por un obstáculo físico (por ejemplo, un río entre Cisjordania y Transjordania o una cordillera entre Galia Cisalpina y Galia Transalpina), a la vez que ambos términos connotan una cierta  extrañeza e incompatibilidad recíprocas. El obstáculo, en lo que nos ocupa, es la anatomía genital del individuo y el paso civil de cis a trans exigía hasta ahora un proceso quirúrgico o químico para las personas que necesitaban dar ese paso en busca de su identidad y de su felicidad. La tutela externa de ese tránsito está a un tris de pasar a la historia. El proyecto de ley del gobierno acepta que sea la mera voluntad del interesado la que decida el apunte de su sexo en el registro civil. El nombre que recibe este acto volitivo e irrestricto es autodeterminación de género. Esta fórmula contiene en tres palabras dos equívocos. La autodeterminación define la capacidad de tomar una decisión por propia voluntad y revocable por definición; es decir, en este caso, todas las personas tendrían derecho a elegir el sexo que cuadre a sus sentimientos, aspiraciones o intereses tantas veces como estos cambien de sentido. El segundo equívoco está en que una condición biológica objetivable (el sexo) se convierte en un avatar lingüístico (el género).

El riesgo es un galimatías de consecuencias jurídicas imprevisibles. El sexo queda en un accidente prescindible y el régimen binario hombre/mujer desaparece sumergido en la inabarcable diversidad del arco iris. Una solución radical y universal sería que el sexo no tuviera marca en el registro civil,  como no lo tiene la raza, la religión o la estructura ósea. Pero la solución que da el proyecto del gobierno es más conservadora y a la vez más delicuescente. No propugna la eliminación de la marca sexual en el registro civil sino que esta pueda ser modificada sin otro trámite y exigencia que la voluntad del interesado. La autodeterminación de género es una oportunidad para el ventajismo y la trampa, y cuesta decirlo sin dejar de reconocer las razones de quienes defienden la fórmula. Lo progresista es que los roles sociales asignados por razón del sexo fueran indiferenciados y se abrieran a todas las personas, sin distinción alguna. En eso consiste la lucha del feminismo, que ve con razón en la tal autodeterminación un torpedo contra su lucha histórica.