En la atmósfera de consternación y repulsa ocasionada por el infanticidio de Olivia y Anna, las niñas de Tenerife, se produjo otro asesinato análogo y, por decirlo así, de signo contrario. En Sant Joan Despí a fines del mes pasado, una madre mató a su hija e intentó suicidarse después para vengarse de su exmarido. El intento de suicidio falló y la parricida fue detenida. El padre de la niña asesinada se lamenta de que él no ha recibido consuelo de las instituciones y de la opinión pública, cuya atención se ha volcado sobre la tragedia de Tenerife, que aún ocupa a la policía y a los medios en la medida en que no está cerrado el caso. No hace falta destacar las potencialidades argumentativas que el suceso de Sant Joan Despí ofrece en la presunta equivalencia de la llamada violencia vicaria, ya sea ejecutada por un hombre o por una mujer. De hecho, ya se han oído algunas intervenciones en los opinatorios de la tele, tímidas y como de pasada pues no es cosa de empañar el horror de estos sucesos con ocurrencias resbaladizas.
En la cultura clásica occidental, el infanticidio a manos de la madre tiene un grado de rechazo que no no se da cuando es el padre el responsable. Medea no tiene una contrafigura masculina. En la cultura patriarcal, el asesinato de los niños por el rey-padre no era objeto de reprobación. De la matanza de los inocentes decretada por Herodes, celebramos que el mesías se salvara y a las víctimas reales las recordamos embromando al vecino cada veintiocho de diciembre. Si en vez de ser los inocentes de Judea fuera Carrero Blanco el objeto de las bromas, los autores estarían en el trullo.
Medea era hija de un rey menor y de una ninfa procedente del mundo submarino y fue sacerdotisa de Hécate, una diosa que velaba en las encrucijadas, guardiana de los umbrales, sanadora con hierbas y ungüentos, y solucionadora mágica de conflictos y pesares. Medea heredó los poderes de la diosa que asegura la pervivencia del hogar, un rol asignado tradicionalmente a las mujeres, a las que la sociedad patriarcal convierte así en seres idolatrados, fascinantes y peligrosos a la vez. Medea se enamoró del apuesto y ambicioso Jasón, al que ayudó con sus habilidades en todas las aventuras que corrieron juntos y al que salvó de innumerables peligros, hasta que Jasón la repudió para casarse con la princesa de Corinto. Medea utilizó la magia para deshacerse de la princesa y de su padre el rey Creonte, y también mató a los dos hijos que había tenido con Jasón para vengarse de la deslealtad de éste, si bien en este punto la historia se emborrona. Una versión dice que los dos niños fueron asesinados por la población de Corinto para vengar a su rey, lo que ocasionó un castigo divino en forma de epidemia que mató a todos los jóvenes varones de la ciudad. Para acabar con la pesadilla de lo que hoy llamaríamos memoria histórica, la ciudad de Corinto encargó a Eurípides una tragedia, que debía ser catártica, en la que el autor estableció para la historia la culpabilidad de Medea.
Los infanticidios de Sant Joan Despí y Tenerife son igualmente horrorosos; los responsables merecen la misma justicia y las víctimas son acreedoras de la misma compasión, pero han tenido lugar en marcos históricos y referenciales distintos. La parricida de Sant Joan Despí es una medea clásica. El asesino de Tenerife es un agente contra la libertad, la igualdad y el bienestar de las mujeres: un jasón que reclama el derecho a la preeminencia de sus actos. La primera reproduce el pasado; el segundo amenaza el futuro. La única consecuencia de estos sucesos debe ser que el estado sea vigilante porque los hijos no son propiedad de los padres, como a menudo se oye decir en los altavoces de la reacción.