La jornada se ha ensombrecido por el hallazgo, previsible, del cuerpo de la pequeña Olivia mientras sigue la búsqueda submarina de su hermana Anna, las niñas de Tenerife, asesinadas y sepultadas en el mar por su padre, que las había secuestrado. El impacto en la opinión pública ha sido tanto mayor por cuanto que la madre de las pequeñas había mantenido y compartido la esperanza de recuperarlas con vida colgando en las redes sociales vídeos de las pequeñas, de tal modo que todos hemos sido testigos de su cálida, confiada e inerme humanidad. ¿De dónde brota la vesania para matar a dos niñitas como Olivia y Anna?

Hace muchos años, un chaval se asombró de cierto hábito de los simpáticos osos polares, que le fue descrito en un documental  de naturaleza en la tele. Los machos persiguen y matan a las crías para encelar a las hembras, hacerlas suyas, y recrear la progenie con sus genes. Al saberlo, aquel adolescente se preguntó cómo era posible semejante comportamiento en especies que están en riesgo de extinción y a las que más convendría cuidar de su prole que masacrarla. Es una reflexión idiota, ciertamente, porque los osos no sospechan que estén en extinción y ni siquiera saben que forman parte de una especie de lo que en la escuela se llamaba el reino animal. Es la clase de ideología progre que detestan los osos árticos y los voxianos españoles.

Más adelante, el intrigado adolescente supo que este comportamiento asesino es frecuente en otras especies carnívoras que están en lo alto de la pirámide trófica, los leones, por ejemplo, animales emblemáticos con los que, históricamente, los machos humanos se han identificado. La historia es pródiga en asesinatos de hijos y hermanos para ocupar el trono o hacerse con el nombre y la herencia de la familia, y, en la medida que el crimen también puede ser masivo, las matanzas se han extendido a poblaciones enteras de mujeres y sus hijos. La identificación del propio semen con la creación del mundo es una convicción atávica muy arraigada en la mentalidad masculina y, de hecho, es la fuente de todas las guerras.

Lo que distingue al macho humano, presuntamente amaestrado por las reglas de la civilización, de los machos de otras especies es que el primero recurre con frecuencia al suicidio tras haber perpetrado el crimen. Es probable que este haya sido el fin de asesino de las niñas de Tenerife. No hay ninguna reparación ni arrepentimiento en poner fin a tus días tras el execrable crimen; más bien es un intento, ciertamente consumado, de eludir la vergüenza y la responsabilidad, y quizá de recuperar el honor, ese artilugio del teatro clásico español, diseñado para legitimar la jerarquía. En un mundo voxiano, ningún hombre tendría que suicidarse por haber castigado a su mujer.   

En sociedades desarrolladas, democráticas  y en estado de paz, este comportamiento criminal, solitario pero no infrecuente, arranca el envoltorio retórico que da sentido a la convivencia y nos descubre a la bestia que nos habita, o, en el mejor de casos, que habita tras la puerta al otro lado del rellano. El horror que provoca el suceso nos deja sin palabras y en este estupor no encontramos otro modo de mostrar nuestro estado de ánimo que con un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas. Este mensaje de impotencia no deja de ser un mensaje y los voxianos, con la autoridad que les han dado los votantes madrileños han impedido que se celebre en la asamblea regional. No hace tanto tiempo que creíamos que los voxianos, o como quiera que se llamasen cuando estaban en la oscuridad, eran también una especie en extinción, y ahora colonizan las instituciones. Es el cambio climático, amigo.