Una plataforma digital aloja sendos documentos dedicados a Truman Capote y a Francisco Umbral. Fui lector apasionado de ambos y la oferta resultó irresistible. Después de todo, los viejos solo podemos mirar atrás, como si se nos hubiera perdido algo, para descubrir que tampoco lo necesitamos. Los dos documentos están compuestos con el mismo patrón, una urdimbre de declaraciones del protagonista y de quienes le conocieron, salpimentada de imágenes de archivo, las más muy conocidas. Un cruce de miradas desde dentro y desde fuera del personaje, del que habría de resultar su holografía.

Los dos escritores registran  circunstancias biográficas comunes. Ambos procedían de oscuras familias de provincias llegados a la capital para hacerse valer y respetar por las elites que concentran el dinero y el poder, sin más armas que un prodigioso don de la palabra y el coraje y la tenacidad que brota de sus respectivas minusvalías de origen y de caracteres íntimamente desolados. Ambos fueron exploradores infatigables del territorio cuya conquista se habían propuesto y predadores despiadados de sus habitantes. Ambos fueron tipos raros, desmedidos en su ambición, excéntricos cultivadores del figurón en el que estaban presos. Ambos hicieron su carrera en tiempos excepcionales de ebullición y autocomplacencia social, y en aquella fiesta sin fin desplegaron su arsenal de seducción.

Las mejores obras de Truman Capote y de Francisco Umbral –A sangre fría y Mortal y rosa, respectivamente-, necesitaron de la muerte real de un ser querido. Los dos escritores  resignaron en otro, vulnerable, dependiente, necesitado de esperanza, la vida que a ellos les había sido hurtada. Capote se enamoró de Perry Smith, un muchacho descarriado, autor de un crimen horrible, al que le esperaba la horca; Umbral quiso como a nadie a su hijo Pincho, víctima infantil de leucemia. La muerte y la soledad que acarrea es el trasfondo de los dos relatos mencionados, el final del baile de máscaras que era la materia de la chisporroteante prosa de ambos escritores.

Hasta aquí las analogías. No hago comparaciones entre la calidad literaria de uno y otro. No he vuelto a las páginas de ninguno de los dos, que ahora purgan, creo, ese periodo de olvido que le llega al escritor tras su muerte y del que nadie puede decir si será reversible. Capote es un refinado contador de historias en las que parece sentirse más atraído por la captación de la realidad que por la invención ficcional, lo que obliga a una lectura equívoca y deliberadamente buscada: una novela que no quiere serlo. Umbral es un orfebre del lenguaje ocupado en un solo tema, él mismo, convertido en un mosaico de incontables teselas esparcidas en miles de artículos y en decenas de libros. Brindemos, pues, por las horas de placer que dispensaron a este lector y a innumerables otros.