La democracia exige una base material equilibrada y estable. La igualdad civil que pregona el liberalismo es imposible sin equidad económica.  Todos los conflictos acaecidos desde la proclamación formal de los derechos humanos en la Revolución Francesa han traído causa de la imposible integración de los sans culottes en el club de los libres e iguales, que diría doña Cayetana, y a las dificultades para alcanzar este objetivo se le llamó durante casi dos siglos lucha de clases, un término identificado con la marcha de la Historia. Hace tres décadas, el término y sus presuntos efectos decayeron y arribamos a lo que se llamó el fin de la historia, una clave de nuevo cuño que básicamente consistía en la identificación de la democracia con el capitalismo. El nuevo paradigma era un retorno al origen de la historia, cuando las naciones podían darse una constitución liberal y ser una sociedad esclavista.

El capitalismo es anterior a la democracia  -nació, como muy tarde, en el Neolítico- y su evolución independiente se debe a combinaciones variables de cambio tecnológico y régimen de propiedad, de modo que sus distintas etapas se producen de acuerdo con sus propias reglas internas. El conflicto llega cuando hay que legitimar cada nueva etapa en condiciones de desigualdad social y los animales de la granja no se resignan a vivir en un predio en el que todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros. Así que, después de todo, la Historia no terminó a principios de los años noventa, si bien en el occidente del planeta nos comportamos como si no quisiéramos saberlo. Otorgamos todo el poder a la propiedad privada y redujimos el estado –garante del contrato social y árbitro del conflicto de clases- a la mínima expresión como prestador de servicios sociales universales y como redistribuidor de las rentas.

La paz social en la nueva situación se mantuvo mientras repicó la campana de Laffer, según la cual la reducción de impuestos al capital tiene un efecto benéfico sobre la población, una fábula que ya aparece ilustrada en la parábola evangélica del rico Epulón y el pobre Lázaro. La crisis financiera del 2008 acabó con la superstición de Laffer y el estado, lo que quedaba de él, pues también había renunciado a su competencia como regulador del mercado, incrementó y aceleró el papel redistributivo que tenía asignado a favor del capital: inyectó cantidades ingentes de fondos públicos en el sistema financiero privado para evitar su hundimiento y, como contrapartida presupuestaria, recortó en igual medida los servicios públicos. En la dialéctica capitalismo-democracia, el primero ganó la partida. Hasta que llegó un mensaje divino procedente de Oriente, como los reyes magos: la peste de la covid.

Los efectos de la pandemia han sido aterradores en pérdidas humanas y económicas y, en las sociedades abiertas y globalizadas, han puesto en evidencia  algunas obviedades que estaban a beneficio de inventario, a saber, nuestra pertenencia a una sola especie humana, la necesidad de redes de protección universales y que la libertad no es solo la celebración de rituales dionisíacos en las calles de las grandes ciudades.  La sacudida ha llegado a la cúpula de la estructura neoliberal que nos envuelve y sus mandamases han acordado imponer una tasa de al menos el 15% a grandes empresas multinacionales que, en el mejor de los casos, no pagan impuestos, refugiadas en esas nuevas formas de la isla de la Tortuga a las que llamamos paraísos fiscales.

Es de imaginar que los prebostes del  llamado gé-siete que han adoptado el acuerdo a favor del impuesto lo han hecho pensando en primer lugar en sí mismos. Un vacío fiscal en estas circunstancias aciagas no solo es una fuente probable de motines que bien podrían desalojarlos de su poltrona sino también un signo de que en alguna parte y de algún modo el estado como regulador de la convivencia y promotor de la justicia, al que los gesietes han jurado lealtad, cada uno al suyo, existe, ya veremos por cuánto tiempo y de qué manera.

El acuerdo a favor del impuesto a las multinacionales coincide en el tiempo con el anuncio de míster Bezos, dueño y señor de nuestras adicciones consumistas, de que irá al espacio en su nave. Es el primer viajero post humano que llegará a la estratosfera igual que la perrita Laika fue el primer ser pre humano que registró esta experiencia; ojalá no tengan el mismo destino.