La aplastante, y por lo demás previsible, victoria electoral de doña Ayuso revela que los madrileños están encantados de haberse conocido. Los datos económicos de la comunidad son malos y los sanitarios peores, para no mencionar la desestructuración social que significa la desigualdad rampante, pero han descubierto el orgullo de tomarse una cañita en una terraza bajo el límpido cielo de la capital, un don meteorológico que le es negado a los demás territorios de la península donde alternan a lo loco sequías y aguaceros.

Podemos imaginar el receloso desdén con que la victoria de doña Ayuso ha sido acogida en las taifas y baronías de la cornisa atlántica y de la ribera mediterránea. Para no mencionar el estupor que ha debido provocar en el Lebensraum madrileño, esos territorios de la meseta, ahora llamados la España vacía, de los que la capital extrae mano de obra y a los que exporta turistas de fin de semana, y cuyas autoridades han cumplido las normas contra la pandemia mientras doña Ayuso preconizaba ir a calzón quitado. La identidad, ese señuelo para negar la realidad, es cosa de clases medias, bienestantes y biempensantes, un reflejo conservador cuando no reaccionario al que no le estorban  nimiedades como la corrupción generalizada y reciente del partido al que dan su voto. La identidad de Madrid es absorbente, centrípeta, mientras que las identidades periféricas son, para decirlo pronto, separatistas. Las elecciones de Madrid iban, sí, de derecha o izquierda, pero también, y no en tono menor, de centralismo vs. federalismo. El federalismo es una opción histórica menguada y dubitativa y ayer sufrió una derrota aplastante, tanto que doña Ayuso ya se ve a sí misma en el gobierno central, y razón no le falta porque quien gobierna Madrid gobierna un imperio donde no se pone el sol, el sol de Madrid, vale decir; que se lo pregunten a Felipe II.

Luego está la izquierda, sin cuya activa colaboración no habría sido posible el triunfo de doña Ayuso, o no habría sido tan abultado y notorio. Las elecciones han revelado que la izquierda está a falta de una seria revisión programática y de reforzamiento orgánico. La señal, leve pero perceptible, vino del propio electorado, que premió el esfuerzo sostenido y coherente de doña Mónica García y castigó la inopia de don Gabilondo y los números de trapecio de don Iglesias. La marcha de este de la política abre una perspectiva prometedora, si queremos creerlo. Ahora mismo, a la izquierda del pesoe los referentes son dos mujeres –la otra es la ministra Yolanda Díaz- que deben ser muy valiosas porque han merecido la atención de ese canalla de las ondas que es don Jiménez Losantos. En cuanto al pesoe propiamente dicho, don Sánchez debe renunciar a que le lleven en la sillita de la reina y licenciar a esa nómina de fichajes estelares con los que quiso esmaltar su llegada al poder, don Gabilondo incluido, y entre los que se cuenta don Tezanos, el gran brujo de la estadística que con su sabiduría dio el último empujoncito a la vitoria de la derecha. Ah, y olvídese del dichoso centro, que es como buscar un unicornio en una feria de ganado equino. Se acabó la nueva política. Ahora empieza la de verdad, si así os parece.