La imaginación se muestra hoy renuente, quizá agarrotada por la inmediata conflagración de Madrid y el escribidor navega por los diarios digitales en busca de un estímulo para su rutinaria deposición en esta bitácora y lo encuentra en un artículo en el que el escritor Jordi Amat se pregunta quién mató al consenso del 78, ese estado político que duró exactamente dos años entre 1977 y 1978 mientras se elaboraba la constitución pero cuyo fantasma ha nutrido la melancolía colectiva durante las décadas posteriores. Se explica porque, en el imaginario español, consenso es antónimo de guerra civil. Dicho en romance, o estamos de acuerdo en todo o nos matamos a estacazos. Si nos dejamos cautivar por la actual atmósfera política y mediática podríamos decir que estamos más cerca de la segunda opción que de la primera, pero es un trampantojo, otro más.

En el diagnóstico de Jordi Amat, el radiofonista Jiménez Losantos fue el precursor y primer agente de la ruptura del consenso. A finales de los setenta, en una época en que todo dios era progre y no encontrabas un franquista ni en pintura, el futuro agitador don Losantos publicó un libro titulado Lo que queda de España, con el que se presentó en sociedad. El anfitrión fue Francisco Umbral, que  hizo un muy florido elogio del autor y cuyas palabras recuerda y recoge Amat: Federico Jiménez Losantos cristaliza su España de siempre en Américo Castro y su España posible en Manuel Azaña, dijo entonces el proliferante Umbral. Este escribidor estuvo en aquel acto, celebrado en el bajo de la librería Antonio Machado de Madrid, de propiedad socialista. El neófito estaba fascinado porque Manuel Azaña fuera ya un personaje de curso legal y, al término de la presentación, compró el libro, se acercó al autor para que se lo firmara (aún debe estar el ejemplar perdido en la biblioteca) y le pidió una entrevista para publicar en alguna de las revistas con las que colaboraba de las que no diré el nombre porque murieron jóvenes y merecidamente. Don Losantos le citó para dos días más tarde en el hotel Palace, donde se hospedaba. La cita provocó en el indocumentado escribidor un episodio de disonancia cognitiva, ¿cómo era posible que un progre de su edad, un profe de instituto entonces, casi un hermano, se hospedara en aquel establecimiento de lujo?

Aquella noche que siguió al nacimiento de la estrella anunciadora del caos en que estamos ahora, ocurrieron dos cosas relacionadas con este asunto. Umbral escribió su columnilla del día siguiente en elpaís donde glosó el acto de presentación del libro y hasta donde recuerdo, la imagen central de la crónica era un tipo de melena y aire de alma cándida que estaba entre el público y empuñaba un bolsa descomunal de elcorteinglés. Todavía estoy viendo al tipo aferrado a su bolsa de compras, que acaparó el debate posterior con las proverbiales sinsorgadas. Aquello no tenía nada que ver con el libro, claro, pero Umbral era un genio de las naderías (la nadería bien miniada era un género periodístico muy apreciado en el Madrid de la época).

La segunda cosa que ocurrió aquella noche fue que el escribidor leyó el libro y encontró, bajo un barniz de cierto lustre, un discurso rancio y consabido, al que con el tiempo el autor devenido apóstol de las ondas ha añadido cantidades ingentes de agresividad, desprecio y resentimiento con los que nutre a sus oyentes, así que, en uso de la libertad madrileña que pregona ahora doña Ayuso, el escribidor no acudió a la cita del Palace y no entrevistó a la futura estrella de la radio. Bastante murga reaccionaria vertía la prensa madrileña de entonces, como la de ahora, para aportar una paladita más en alguna revistilla independiente. Este episodio enseña al escribidor dos cosas sobre sí mismo, una, que ya estaba polarizado en su remota juventud y otra, que él no es responsable de que el consenso del 78 se haya jodido.

P.S. Sería injusto que las ocurrencias anteriores se tomaran como un resumen del artículo de Jordi Amat en que se ha basado esta entrada porque es un trabajo serio y bien trabado sobre la trayectoria política de Jiménez Losantos, que merece ser leído hasta el punto final.