A la postre se ha convenido en que el desaire que sufrió la Unión Europea en la persona de frau Von der Leyen, durante su visita al turco Erdogan pachá fue un desajuste del protocolo, sin más consecuencias. Congratulémonos, pues en otro tiempo no tan lejano algo así hubiera derivado en una buena degollina. La guerra más prolongada y sangrienta registrada en Europa tuvo lugar en el siglo XVII, duró treinta años y empezó por un error de protocolo en el que unos funcionarios imperiales de alto rango fueron arrojados por una ventana del castillo de Praga a causa de un malentendido político. Los defenestrados no sufrieron daño físico porque cayeron en un blando vertedero de basura orgánica acumulado al pie de la muralla pero la guerra ya había empezado.

La palabra protocolo encuentra su etimología en el latín tardío y en el griego bizantino, es decir, su uso apareció cuando el estado había alcanzado cierto grado de sofisticación sin haber renunciado por ello a las herramientas tribales del puñal y la garrota para la resolución de los problemas políticos. El protocolo es un dibujo geométrico que revela las relaciones de poder entre los actores de una situación o proceso. En la práctica, es un arte muy fino, que otorga gran predicamento al funcionario que se ocupa de dibujarlo. ¿Yo dónde me siento?, es la pregunta insoslayable que el preboste hace a su edecán cuando entra en una estancia desconocida. Se ve que frau Von der Leyen se olvidó de preguntarlo.

Sea como fuere, el protocolo ha extendido su dominio. No pasa día sin que oigamos varias veces la palabreja referida a esto y a lo otro; es como un moscardón que sobrevuela el habla y se posa en los rincones semánticos más insospechados. Hay un protocolo para toda clase de procedimientos, sanitarios, policiales, futbolísticos, medioambientales, etcétera, y el más frecuente estos días, el protocolo de la vacunación. Si se tejiera un patchwork  con todas las situaciones regidas por protocolos resultaría un retrato asombrosamente exacto de nuestra civilización, caracterizada por el vano impulso de ordenar el funcionamiento del caos.

En esta línea civilizatoria, unos paisanos de la remota provincia subpirenaica han establecido un protocolo para cagar en el campo, que cuenta con el aval del departamento de medio ambiente del gobierno de la provincia. El procedimiento protocolario es un muy simple y obvio: el cagón debe ir provisto de una pequeña pala o almocafre, explorar el terreno en busca de un lugar adecuado lejos del camino y de las corrientes de agua, preferiblemente resguardado por arbustos, cavar un hoyo de quince o veinte centímetros y enterrar en él las deposiciones. No sé si está suficientemente claro para un urbanita (en caso de duda, véase el tutorial). Los protocolos nacen de la desconfianza y en este caso se trata de la vieja y consabida reticencia de la gente del campo hacia sus congéneres de la ciudad, que se ha visto aumentada en estos tiempos de pandemia en el que el espacio rural se ha convertido, al parecer, en un aliviadero para el agobio del confinamiento.

El protocolo del buen cagar describe un bucle que se inicia millones de años atrás con un inocente bípedo implume acuclillado junto a un arbusto y termina hoy con el mismo bípedo acuclillado en la misma postura pero cargado de sentimientos de culpa y armado de una azadilla, prueba del desarrollo tecnológico de la humanidad, para ocultar el cuerpo del delito. ¿Qué otra metáfora de la civilización podemos encontrar más clara que esta?