Solo tengo tres certezas, que un día nací y un día moriré, y entre ambos momentos no puedo dejar de hablar. Esta sentencia atrapada en un texto de Samuel Beckett podría suscribirla Ainhoa, de seis años. Ella misma lo reconoce así: lo que más me gusta es comer y hablar. El pan y la palabra. No hay modo más breve y exacto de describir el anhelo que guía todas las funciones del género humano. Respecto a lo primero, sus padres vigilan la dieta, pero en cuanto a la palabra no hay freno ni remedio alternativo. Ainhoa es una contadora de cuentos formidable e impenitente. Improvisa y enlaza uno tras otro, como Sherezade, con ligeras variantes a partir de unos pocos elementos fijos y cercanos a su experiencia en casa y en el colegio, entre los que introduce tópicos de la fantasía a su alcance: zombis, vampiros y gentes así, que, si piensa en ellos, le dan más miedo que otra cosa.
La protagonista de estas aventuras es una chica muy valiente, armada con una sartén, que se abre paso entre esos seres indeseables a sartenazo limpio. El torrente narrativo es a menudo más caudaloso y galopa más rápido que la historia que cuenta; la narradora parece saberlo y recurre entonces a pausas dramáticas, digresiones explicativas, elipsis inesperadas y otros recursos retóricos en agraz que nadie le ha enseñado. El oyente asiste a una prueba empírica de la intrigante teoría lingüística de Noam Chomsky según la cual el humano es el único ser de la creación capaz de usar un lenguaje articulado y formado por cadenas y combinaciones complejas de palabras que nadie le ha enseñado y tampoco responden a ningún estímulo exterior. Cuando Lucy, nuestro antepasado antropoide, se irguió sobre sus patas traseras y asomó la cabeza sobre las altas hierbas de la sabana africana, debió exclamar, ¡caray, qué grande y hermoso es el mundo!
El oyente se da cuenta de que este pensamiento sobrevenido le ha apartado del relato principal que discurría a su lado y para recuperarlo hace un comentario de enteradillo; la narradora le dedica una mirada de reproche y le obliga a retomar el hilo. La narradora quiere conquistar el mundo y para eso necesita seducir a su auditorio y que su relato se eleve sobre cualquier otro en el guirigay universal. El cuento sigue y cuando parece que se ha acabado la narradora anuncia, quedan tres capítulos más, una pausa dubitativa, o cinco… Las matemáticas no son fáciles de dominar pero las palabras son infinitas y fluidas hasta la última sílaba del tiempo (W. Shakespeare).
(En la imagen, la contadora de cuentos y su auditorio caminan por el Sendero de los Robles Milenarios)