Desde que el hijo de Margaret Thatcher se vio involucrado en un feo asunto de tráfico de armas para un intento de golpe de estado en África, se estableció un patrón. Quédense con la palabra tráfico, que es la clave de este discurso. Aquella operación tenía los rasgos residuales del viejo imperialismo pero ya no había detrás un estado imperialista sino un puñado de aventureros dejados a su suerte en una conspiración de perfiles indecisos. La España aznárida fue señalada como corresponsable de la fallida operación. Don Aznar pregonaba por entonces un neoimperialismo de opereta, que no consiguió reconquistar el pedrusco de Perejil ni limpiar Irak de iraquíes. Pero volvamos al tráfico.
El patrón de conducta que estableció Mark Thatcher se define de la siguiente manera: los hijos, sean biológicos o espirituales, de los políticos que implantaron el neoliberalismo en Europa se han dedicado en su vida profesional a la correduría de negocios, es decir, a oficiar de intermediario, conseguidor o comisionista en el flujo de bienes y servicios que constituye el sistema sanguíneo de la globalización. En este empleo no se necesita más que una agenda de contactos y un lugar privilegiado para otear el negocio. Para estos alevines del neoliberalismo, la economía productiva y fabril queda en manos de los chinos, paquistaníes y demás razas prolijas y laboriosas. En algún lugar del mundo fabrican desde arte falsificado a mascarillas profilácticas y la labor de estos emprendedores consiste en detectar qué ricacho necesita un vangogh chungo para el comedor de su finca de caza o qué gobierno occidental está lo bastante agobiado por la falta de vacunas en la cúspide de una pandemia.
El emprendedor de O Porriño pertenece a este genotipo: en la cuarentena, carné neoliberal, criado en la camada de don Casado y doña Ayuso, y dispuesto a ejercer de intermediario de la vacuna rusa Sputnik para ¡salvar a ssspaña! Todo es un trampantojo, como el golpe de estado en el que dicen que participó el hijo de doña Thatcher. La vacuna rusa no está aprobada en Europa y ha sido escasamente aplicada en el país de origen y las autoridades rusas no saben ni una palabra de la intermediación del emprendedor gallego, pero el tipo ha conseguido unas horas de publicidad sobre nada, casualmente reforzado por la noticia de que el gobierno alemán también explora la importación de la Sputnik. La pandemia otorga una insoportable claridad a la situación que nos envuelve. No solo los sedicentes emprendedores están colgados de la brocha; notoriamente, también lo están las autoridades y las instituciones. Que el país que dirige la unioneuropea esté buscando una salida extracomunitaria para salvar a su gente es una prueba cierta de que navegamos en una patera y ya veremos quién llega hasta la tierra prometida.
En la base de esta tambaleante pirámide de negocios pedalean incansablemente los repartidores de glovo, cuya ortografía ya anuncia que han renunciado a volar. Un glovo es un pájaro sin alas. Pero ellos siguen pedaleando y quieren seguir siendo autónomos, nada de antiguallas sindicales ni derechos laborales. Si el ciclista pedalea lo bastante y durante bastante tiempo y tiene suerte podrá reunir una pequeña flotilla de riders que trabajen para él en una sub-sub-subcontrata del centro logístico regional de amazon. Ánimo, ya falta menos para que nos vacunen a todos y nos hagamos ricos.