Nuestro paisano don Calixto Ayesa falleció en febrero del año pasado, en paz descanse. Fue en su vida privada médico dermatólogo en esta remota provincia subpirenaica, y bien fuera por aburrimiento en su oficio o por voluntad de servicio al pueblo más allá de la epidermis que era su competencia natural, fue atraído a la política de la mano de su mentor y amigo don Jaime Ignacio del Burgo, notorio preboste de la derecha local con ambiciones ministeriales que nunca fueron colmadas. Quién iba a decirle a don Calixto que esa vocación de servicio público le otorgaría un lugar destacado y no necesariamente noble en la historia y que estos días, sin ir más lejos, un año después de su deceso, su nombre aparecería en los papeles como testigo de cargo.
En cierta ocasión, este escribidor acudió a la consulta de don Calixto para que acabara con una enojosa colonia de verrugas brotada en la entrepierna del paciente. El facultativo, serio como un enterrador, se armó de una especie de varita mágica con poderes eléctricos con la que achicharró una a una las verrugas, y, cumplida la encomienda, se dirigió a la enfermera para ordenarle, abra la ventana para que se vaya el olor a chamusquina, Créanme si les digo que esta es la frase más larga, más empática y con mayor sentido que le oí a don Calixto en los más de veinte años en que nos frecuentamos, él como cargo público, en el que llegó a consejero del gobierno regional, y el escribidor como cronista político de la provincia.
La razón de la dilatada presencia de don Calixto en el foro público fue siempre un misterio, y si hubiera que destacar algún hito de su ejecutoria, mencionaría la ocasión en que una unidad militar del Frente Polisario le rindió honores de ordenanza en un paisaje desértico de color vainilla. La razón de esta imagen es que don Calixto encabezaba el convoy de ayuda humanitaria a los campamentos saharauis de la región argelina del Tinduf, como representante del gobierno de esta provincia del que era consejero de bienestar social, y la revista militar era la bienvenida o la despedida de la visita oficial. Confieso que ver a mi dermatólogo de las verrugas en plan Lawrence de Arabia me conmovió. Y entonces llegaron los papeles de Bárcenas, ese precipicio en el que se han despeñado los días de gloria.
Cuando vieron la luz los apuntes de la contabilidad b del tesorero del pepé, el nombre del mentor de don Calixto aparecía entre los beneficiarios de las dádivas y este, rápido como una centella ante lo que intuyó que se venía encima, declaró que el dinero era una compensación a su amigo Calixto por el lucro cesante de su consulta médica al dedicarse a la política, tres mil euros en cuotas bimestrales hasta un total de veinticuatro mil euros. Fue entonces cuando descubrí el alto precio que podían alcanzar las verrugas en lo que los financieros llaman mercado de derivados. ¿Qué necesidad había de recompensar con el fondo de reptiles la presencia de un ignoto dermatólogo en la política del pepé? Si fuera Lawrence de Arabia tiene un pase ¡pero era el amigo Calixto!
En su primera declaración ante la publicidad de los papeles de Bárcenas, el entonces presidente Emepuntorajoy dijo: todo es falso menos alguna cosa. La cosa era la declarada compensación al dermatólogo subpirenaico y ojalá la cosa hubiera quedado ahí. Pero, como sabemos, los papeles han seguido dando tumbos y ayer declararon ante el juez los altos beneficiarios del método Bárcenas, la plana mayor del pepé durante décadas, que negaron la mayor, menos Del Burgo, el mentor y amigo de don Calixto, que ha insistido ante el juez en su versión y ha añadido un clavo al ataúd: aquel dinero en metálico y en sobres se dio con el conocimiento y aprobación de don Aznar. Hala, las reclamaciones al maestro armero.