Por fortuna, nos queda la familia real inglesa. En nuestra remota adolescencia, cierto profesor de formación del espíritu nacional, un tal don Cerqueiro, adelantó con la autoridad que le otorgaba su magisterio, que en este siglo solo habría cincos reyes en Europa, el de Inglaterra y los cuatro de la baraja. Por poco acierta. En aquel entonces el actual emérito español era solo el príncipe aspirante, en el que algo chungo debió intuir aquel falangista que nos adoctrinaba y olía a varón dandy. Lo que distingue a la reina de Inglaterra del rey de España es el tipo de contrato que tienen contraído con el país y la historia. El de Isabel es un contrato fijo, de funcionario nivel a, mientras que nuestros borbones diríase que están en precario y se ven obligados a renovar los papeles cada cierto tiempo. La realeza inglesa, bendecida por la longevidad de su titular, es una roca que oficia de sismógrafo y cuyas levísimas sacudidas registran cada cambio en el espíritu del tiempo, para volver de inmediato a su reposo geológico. Habría que ver si la familia Windsor hubiera podido albergar en su seno a un vástago como don Juan Carlos de Borbón sin saltar por los aires, pero esa es otra historia.
El último temblor de los muros de Buckingham lo ha provocado la duquesa de Sussex al anunciar urbi et orbi que en la familia de su marido anidan sentimientos racistas para añadir, con oportuno toque melodramático, que estuvo a punto de suicidarse al descubrirlo cuando estaba embarazada. Uf, menos mal que no se suicidó porque nos hubiera impedido parlotear de este asunto tan interesante en medio de una pandemia que ya contabiliza dos millones y pico de fallecidos en todo el mundo. Entre cortarse las venas u ofrecer una entrevista a Oprah Winfrey, cualquiera con dos dedos de frente sabe lo que tiene que hacer, y más si ha de buscarse la vida en un país donde ser duquesa de Sussex importa lo que yo te diga.
Hay un patrón en el modo como la familia Windsor descubre lo raro que es el mundo, y el vector de cada nuevo conocimiento es siempre una mujer, que opera favorecida por las carencias emocionales, y otras, de los varones de la casa. Mientras las reales damas satisfacen esta curiosidad con caballistas, palafreneros y militares del cerrado círculo aristocrático que rodea y protege a la familia real, los hombres parecen estar siempre asomados a las troneras del castillo en busca de novedades, que por supuesto encuentran porque las luces del palacio son un señuelo irresistible. Por este procedimiento de ojeo y captura, entró en la casa Wallis Simpson para mostrar a sus rancios moradores qué es una alegre divorciada; Diana Spencer les hizo ver el encanto sentimental de las jóvenes blancas en la era del rock; Virginia Roberts, una muchacha prostituida por un canalla multimillonario, les descubrió el sexo esclavo y sin nombre, y ahora Meghan Markle les ha mostrado la zozobra y el resentimiento que habitan en los remotos confines del imperio sobre el que se asienta el prestigio de la familia. Pero la reina es una roca con sombrerito que asiste impávida a este desconcertante desfile de novedades. Hasta la próxima.