Cuando yo uso una palabra –afirma Humpty Dumpty– quiere decir lo que yo quiero que diga. La cuestión –replica Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

El artilugio de actuación contra la desinformación, aprobado por el así  llamado consejo de seguridad nacional del gobierno de España tiene prosopopeya suficiente para que quien jamás ha leído a George Orwell lo califique de orwelliano, y lo es en la justa medida en que todos los gobiernos son orwellianos. Una vez más, don Casado ha disparado con pólvora mojada. Tiene que ser muy duro pretender la jefatura de la oposición y no encontrar ningún motivo de fondo para oponerse al gobierno. El artilugio gubernamental no prevé censuras, ni marca pautas a la información, ni establece sanciones. Tampoco habla de fake news y no habla de ellas porque sencillamente tal cosa no existe. Claro que se dicen mentiras en el foro público, y tanto más si en esta noción incluimos, datos no contrastados, opiniones a voleo, pronósticos aventurados, interpretaciones tergiversadas, expresiones emotivas y demás material comunicacional deleznable. Este ruido no es proporcionalmente mayor que en el pasado, pero ahora los canales digitales y las redes sociales lo hacen más veloz, prolijo y también, ay, más evanescente. Las noticias iluminan la realidad como una cerilla: fulminantes, breves y de bajísima energía.

La veracidad de una noticia la otorgan los receptores, los cuales la aceptan porque se ajusta a su marco cognitivo y cultural y responde a su visión del mundo. El emisor solo tiene que ocuparse de que su historia tenga una cierta relación con los hechos relatados, ni siquiera comprobados, porque la forma de relatarlos es libérrima, siempre que se adapte a las expectativas del público al que va dirigida. En este tiempo, la realidad ha adquirido una dimensión planetaria: lo más lejano nos es próximo, lo más extraño nos resulta familiar. El marco cognitivo se ha roto y el número de agentes que participan en el mercado de las comunicaciones se ha multiplicado exponencialmente, en cantidad y calidad. Todo lo cual nos tiene sumidos en el desconcierto. Lo que llamamos fake news son los agujeros negros de la nueva constelación comunicacional, que traía una promesa de claridad y transparencia que notoriamente no ha satisfecho.

Sin embargo, la regla de Humpty Dumpty sigue vigente. Las cadenas de televisión norteamericanas no han dudado en cortar la retransmisión de un discurso del presidente Trump en el que propagaba mentiras potencialmente desestabilizadoras, también para los intereses de las cadenas. Esta censura se ha hecho después de cuatro años en los que el mismo personaje, ahora en declive, ha emitido miles de mentiras sin que el esfuerzo por verificar su falsedad haya servido de nada. Simplemente, le han parado los pies cuando ha cristalizado el consenso político en su contra. En esta censura también se encuentra la huella de la pugna por la hegemonía del mercado que mantienen los grandes canales generalistas y el avispero de las redes sociales.

El artilugio gubernamental al que don Casado llama ministerio de la verdad no es más que una organización de los recursos administrativos del estado para hacer frente a campañas virtuales potencialmente desestabilizadoras del orden constitucional. Cómo vaya a hacerlo no se sabe. Los estados nacionales y sus gobiernos son impotentes ante las sacudidas de la economía, ante las crisis sanitarias, ante el cambio climático o los flujos migratorios, así que difícilmente van a poder combatir la así llamada desinformación que navega por tuiter. Los herman tertsch y los miguel bosé pueden estar tranquilos, nadie va a impedir que sigan jodiendo la parva.