Dos viejos de biografía y talante muy distintos y distantes, unidos por una circunstancia compartida e indeseable para ambos, emprenden un viaje al interior del país para descubrir la verdad que afecta a uno de ellos, para lo que se hace acompañar por el otro, que le sirve de intérprete. Este es el resumen de Sin olvido, la peli eslovaca que se proyecta estos días en las salas de cine y cuyo título original es precisamente El intérprete, una historia sobre la memoria y la compasión. Este espectador fue a verla porque está coprotagonizada por Jiří Menzel, el cineasta checo fallecido hace tres semanas y al que los cinéfilos ya de alguna edad debemos una hora y pico de inolvidable felicidad cuando vimos a los diecisiete su opera prima, Trenes rigurosamente vigilados, filmada sobre el material literario de Bohumil Hrabal. Menzel y Hrabal colaboraron en varias ocasiones; ambos compatriotas compartían una forma de humor que bien podríamos calificar de checo y que tiene su obra canónica en El buen soldado Švejk, la novela de Jaroslav Hašek.

Checoslovaquia fue un estado multinacional, requerido y ocupado históricamente por las potencias de su entorno. Entre El soldado Švejk y Sin olvido transcurre el siglo veinte durante el cual Checoslovaquia estuvo absorbida, sucesivamente, por tres imperios: el austrohúngaro, el tercer reich nazi y el soviético. En estas circunstancias, el héroe checo es un tipo sencillo, ingenuo y resuelto, un individualista tenaz que a menudo parece estar en Babia y que intenta cumplir con su trabajo y satisfacer algunos apetitos elementales, zarandeado por el estado de turno, sus funcionarios y jefecillos. La colisión entre la humanidad del pequeño personaje y la retórica del poder que gravita sobre él es la fuente de una comicidad tenue y lúcida, en la que los espectadores de entonces encontrábamos un arma de resistencia.

El nuevo siglo trajo otra situación y otras claves, otras exigencias. La antigua Checoslovaquia se ha escindido en dos estados, miembros ambos de la unioneuropea, y el espectador  encuentra otras razones para apreciar la historia que le cuenta la película. La Eslovaquia que se ofrece en la pantalla resulta reconocible, familiar, europea en el sentido generalmente aceptado: una uniformidad en los modos de vida, problemas cotidianos y hábitos sociales. En cierta secuencia, se celebra una boda y los invitados se agitan al ritmo de Pajaritos, que los eslovacos no parecen percibir como una música extranjera. Esta y otras pinceladas de ambiente a lo largo de la historia dan noticia de un mundo optimista y banal por debajo del cual la extraña pareja que forman el hijo de la víctima y el del victimario escarba en el pasado para dar sentido al sufrimiento de sus vidas. El conocimiento compartido de los hechos es la premisa para restaurar la convivencia. Esta búsqueda de la memoria histórica también nos es familiar, más en estos días en que ha venido a coincidir la actualidad del anuncio gubernamental de una nueva ley de memoria democrática y la concesión de dos premios internacionales emmy al documental El silencio de otros.

Si Europa ha de constituirse en una entidad política en el siglo veintiuno habrá de desentrañar los hechos que la convirtieron en un territorio salvaje en el siglo veinte. Entretanto, se han encendido las luces de la sala y el espectador advierte para sí que ya hacía europeísmo medio siglo atrás cuando huía de la realidad y asistía en el cine club o las salas de arte y ensayo a las pelis de aquellos remotos directores del este, de nombres impronunciables: Miloš Forman, Věra Chytilová, Jan Nemec, Andrzej Wajda, Roman Polanski, Jerzy Kawalerowicz, por mencionar solo a los que recuerda a bote pronto y cuya ortografía ha tenido que consultar en la wiki.