Un avieso consejo de amigos y el descuido del propio criterio llevan al jubilado a la sala de cine donde proyectan Dobles vidas, una peli francesa que promete desde el primer fotograma  que será un peñazo insufrible. La promesa se cumple sin tregua ni matices. Un puñado de personajes del mundillo cultural –un editor, un escritor, una actriz de televisión, una asesora de comunicación, una gurú de las nuevas tecnologías, etcétera- peroran incansablemente con una copa de vino en la mano o entre las sábanas de la cama sobre sus cuitas, ambiciones y perplejidades en un tono asfixiante a fuer de plano y banal. La publicidad de la peli no puede evitar calificar la tontuna como comedia a lo Woody Allen, del mismo modo que un estudiante de primero de bellas artes dibuja cabezas a lo Leonardo da Vinci. El arte verdaderamente bueno es irrepetible, no solo respecto a los intentos de imitarlo sino también en relación con la naturaleza en la que se inspira. Sin embargo, los tipos que pululan en esta historia transmiten la insidiosa sensación de que son como el espectador, obvios, intrascendentes, prescindibles e insoportablemente pesados. Es como si las figuras de cera de la pantalla buscaran ser redimidas por la inanidad de quienes los contemplan desde la sala a oscuras.

Empotrado en la butaca central de una fila ocupada por completo (es día de descuento en la entrada de cine), el jubilado acepta que no puede escapar y a cada aumento de la luminosidad de la pantalla consulta impacientemente su reloj, hasta que se da por vencido. El aburrimiento, la materia oscura de la que está hecha la existencia, le penetra hasta los huesos y es cuando lo ve. Esto es Europa. Gentes de clase media bienestante, inquietos por los cambios vagamente amenazadores que perciben sin comprenderlos, que se repliegan sobre sí mismos, en sus intereses, sus propiedades, sus emociones, sus identidades, sus frágiles creencias, sin abandonar la pose que han adoptado desde la época de los salones dieciochescos y que creen inmortal. Un grupo selecto de hombres y mujeres que parlotean sobre refinados asuntos de alta cultura con una copa de vino en la mano mientras piensan en el próximo lance de alcoba e intentan dar un sentido moral  al lío en el que están metidos. Un retrato de grupo europeo: una caricatura de la Ilustración.  El vejete salió del cine a escape.