Cita en el banco que guarda los dineros del jubilado. El encuentro es en la sede central de la extinta  caja de ahorros provincial, hace pocos años absorbida por la gran caja, donde el tiburón ballena ha concentrado el negocio después de haber desmontado las sucursales que prestaban servicios de proximidad al vecindario y formaban parte del paisaje urbano. Es un edificio pomposo, fruto del crecimiento económico que trajo la industrialización de la provincia en los años setenta, elegante en su estilo, cuya planta baja, antaño solemne y donde espera el jubilado a la empleada que le ha citado, está convertida en un especie de hangar o de nave industrial inhóspita, amueblada con mesitas, sillas y biombos ikeanos de presencia y calidad deleznables.

El amigo Quirón hizo una primorosa maqueta de este edificio por encargo del estudio de arquitectura que lo construyó, y la maqueta ha resistido mejor los embates del tiempo que el edificio al que representa; la última vez que el jubilado la vio conservaba el brillo y la esperanza originales que el lugar ya ha perdido. Quirón fue, en una reencarnación profesional pretérita, un maquetista hábil y refinado, cualidades que conserva intactas en su oficio con las letras, como habrá ocasión de contar algún día. Revoloteaban estas digresiones por la cabeza del jubilado mientras esperaba ser recibido y la curiosidad vagaba por el amueblamiento del hangar, salpicado de pantallas y artilugios que emiten mensajes abstrusos. Una especie de decorado blade runner de restos de serie. La atención se posa en una placa junto a la puerta que exhibe dos iconos chillones que representan sendas caras, una sonriente y verde y la otra, enfurruñada y roja, e invita al cliente a pulsar una u otra según considere que ha sido el trato recibido del personal del banco en el store Carlos III. Carlos III es la avenida donde se ubica el edificio pero ¿a quién coño se le ocurre llamar almacén a una sede bancaria? La pregunta es ociosa cuando buena parte del negocio ha derivado en un mercadillo de chucherías que se ofrecen a a cuentacorrentistas y depositantes: teles de plasma, móviles, etcétera.

La empleada llega por fin, armada con una carpetilla de papeles, e invita al jubilado a sentarse tranquilamente en un silloncito de ikea, tras una de las mamparas que preservará la intimidad del encuentro. Nadie puede sentarse tranquilo cuando es citado en un banco, replica el jubilado para situar el encuentro en sus justos términos. Esto no es para nada malo, queremos hacerle una oferta, se apresura la empleada. Despliega los papeles de la carpetilla sobre la mesita y empieza su discurso, sin dejar de hacer apuntes gratuitos y garabatos en los márgenes del folio. La cosa va de sustituir el seguro de vivienda y de automóvil, que el jubilado tiene alojados en esta firma desde que era una caja de ahorros familiar por otra póliza más cara sin que se pueda apreciar la mejora en el servicio. La argumentación de la empleada está jalonada de un chisporroteo de términos que son anagramas y neologismos del inglés que se enseña en las escuelas de negocios y que, entre otros efectos, llevaron a la extinción a la vieja caja de ahorros donde todo se entendía mejor porque aún no se habían inventado esas armas de destrucción masiva que se conocen como productos financieros. No creo que lo que me cuenta tenga ninguna ventaja, subraya sombríamente el jubilado. No, en su caso, no parece que lo necesite, conviene la empleada. Bien, pues hemos terminado. Sí…, acepta la empleada, voy a anotar en su cuenta que ha rechazado la oferta. La despedida adquiere un cariz inquietante, que el jubilado interpreta: todavía no hemos acabado contigo.