Presentan la primera fotografía de un agujero negro. Lo que se ve es, como cabía esperar, un círculo negro rodeado de un halo de luz. Esa familiaridad entre lo obvio y lo misterioso es desconcertante e intrigante a la vez, así que hemos de distraer la atención en lo que rodea a la imagen: el titánico esfuerzo tecnológico que ha supuesto su consecución y las cavilaciones científicas a que da lugar el hallazgo. Respecto a lo primero, ha sido necesaria la sincronización de un grupo de grandes telescopios repartidos por el planeta, lo que ya es una hazaña que honra a nuestra especie y que no hubiera sido posible sin la aportación de Katie Bouman, una investigadora de veintinueve años. En cuanto al discurso científico, es inaprehensible para esa misma especie que ha descubierto el hecho. Es nuestro sino: descubrimos la realidad mucho antes de que lleguemos a comprenderla o meramente a dominarla. Un agujero negro –repito a mi aire lo leído- es lo contrario de un agujero: una masa de tal densidad que es imposible sustraerse a su atracción gravitatoria. Estamos en un universo en el que no solo los cálculos son tentativos sino que las metáforas son arbitrarias. Utilizamos un término (agujero) que designa el vacío para nombrar lo que es la plenitud absoluta. En ese sentido, bien podría ser el lugar donde reside la eternidad, de la que no sabemos si está vacía o llena, y, como la eternidad, es momentáneamente misericordiosa: la materia que atrae se calienta a temperaturas inimaginables y brilla a su alrededor, como un retablo barroco. El agujero negro devora lo anecdótico que le rodea, como la mancha de tinta china que aparece en un fotograma de la película Yellow submarine y se traga todos los dibujos animados que corretean por la historia. El telespectador emerge de la siesta y la cacharrería doméstica que le rodea sigue en su sitio y las palabras vuelven a tener el sentido añejo que tenían antes de que apareciera en la pantalla esa sombra que rota en el sentido de las agujas del reloj, como un desagüe, y se localiza en algún punto a 55 millones de años luz. Aún nos falta un tramo para llegar a la eternidad.
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