Perdón es una fórmula de cortesía de uso masivo en todos los idiomas cuando uno choca o roza involuntariamente a otro o invade sin querer su espacio personal. La expresión reconoce no solo la falta de quien pide disculpas sino también el hecho de que se ha producido en una situación de igualdad entre ofensor y ofendido, faltón y faltado. Es una verdad universalmente aceptada que los pies pertenecen al individuo al que le sirven de base e instrumento de movilidad y pisarlos es una fechoría que exige una reparación instantánea. Pero, ¿qué ocurre cuando hay una asimetría insalvable entre los dos protagonistas del incidente y como consecuencia la falta es también inconmensurable? Por ejemplo, ¿qué pasa cuando el ofendido es dios y el ofensor un bípedo implume cualquiera que arrastra su existencia sobre esta pelota de barro a la que llamamos la tierra? En la cultura católica, el perdón es una institución rutinaria que se solicita y se otorga a precio de baratillo. De escolares fuimos educados en la solicitud semanal de perdón por pecados de los que no teníamos conciencia y que de hecho carecían de entidad y sustancia. Mientras los pecados y faltas quedaban en la intimidad y no dañaban a terceros, el perdón tenía por objetivo atornillar al penitente en la sumisión al cura que lo confiesa, pero, ¿qué pasaba cuándo la solicitud de perdón era, digamos, por un asesinato o por el robo al banco de Inglaterra?

Dejemos la cuestión ahí para los aficionados a la teología. Lo cierto es que esa cultura del perdón inane informa las relaciones sociales y políticas de los países católicos, al menos la de este. Resulta intrigante que las víctimas, digamos,  de atentados terroristas soliciten a sus victimarios que pidan perdón, ¿para qué, con qué efecto? El tipo ha volado un autobús de viajeros cuando tenía veinte años, ¿qué sentido tiene que pida perdón cuando ha cumplido los sesenta y ha pasado el intervalo en la cárcel?  Pero aún hay una versión más trivial de este acto penitencial. Se ha vuelto una rutina que los personajes públicos pidan perdón por algo que han dicho a plena conciencia dos minutos antes, al comprobar el rechazo provocado por su ocurrencia en tuiter o en cualquier otro artefacto de los que canalizan el lenguaje repentizado y expletivo en el  que navegamos.  Pero, ¿es que no se dan cuenta  que han pisado en blando? Un club de fútbol pide perdón porque su delegado deportivo se encaró con un aficionado: tú, calla puto negro de mierda. Vamos a ver, ¿dejará de ser este tipo un miserable racista por muchas disculpas que pida? Pues ahí lo tienes, tan terne. La petición pública de perdón tiene entre nosotros un componente de exhibicionismo y de indisimulada arrogancia; en el subtexto se lee: lo hice porque pude y lo volvería hacer en las mismas circunstancias. Claro que el perdón es una institución tan enraizada en el lenguaje que da lugar a construcciones retóricas sublimes, además de ininteligibles, como este titular del abc: El Gobierno se plantea amnistiar a Junqueras para evitar que tenga que pedir perdón. Si quieren saber qué significa lean la pieza de don Salvador Sostres y después pidan perdón por haberlo hecho.