Quien quiera entender el intramundo en el que tienen sus raíces los tejemanejes de terapia homofóbica de ese arzobispo debería invertir seis euros en una entrada de cine y asistir a la última de Almodóvar. Dolor y gloria es una peli magnífica, un expurgo de la memoria lleno de compasión y un delicado relato de precisión geométrica, formalmente deslumbrante. Una obra mayor de un cineasta que ya ha dado muestras de ser uno de los grandes. No quiero ser cura, protesta el niño protagonista, inteligente y sensible, al que su madre se ve compelida a enviar al seminario para que pueda tener estudios. El desgarrador diálogo entre madre e hijo tiene lugar en una cueva sita en un pueblo de lo que hoy llamamos la España vacía, que sirve de vivienda a la familia, y se produce después de que hayan recibido la visita de una tenebrosa beata que insta al ingreso del niño bajo las alas de los curas y que se despide diciendo, os envidio. ¿Por qué?, pregunta la sorprendida madre. Porque vivís en una cueva, como los antiguos cristianos en las catacumbas, responde la beata en una de las poquísimas puntadas de humor genuinamente almodovariano que tiene la película.

El tal arzobispo don Reig vive en ese mundo cavernoso de silencios impuestos y anhelos rotos y la beata de la película bien podría ser la terapeuta ful de actualidad estos días que pretende curar a los niños de su identidad sexual recomendándoles que hagan ejercicio. ¿Cuántas veces no habremos oído este imperativo curil como remedio contra el deseo sexual, cualquiera que fuera su objeto y aun mucho antes de haberlo experimentado? El padre Evelio se arremangaba los faldones de la sotana para jugar al fútbol con sus pupilos hasta el día en que desapareció de la cancha por algo que hemos tardado medio siglo en comprender.

El catolicismo es una religión impuesta a sangre y fuego en España. Tras su victoria militar, Franco entregó maniatados a la iglesia los cuerpos y las almas de los españoles y los beneficiarios de la encomienda se apresuraron a la tarea de moldearlos a su imagen y semejanza. Lo que hoy parece un vestigio marginal en la conducta extravagante de algún obispo fue una fortaleza de muros inexpugnables, regida por leyes de manicomio, en cuyo seno se criaron varias generaciones de compatriotas. Los funcionarios de la iglesia católica están aquejados de una enfermedad terrible y autoinfligida, la castidad, que dicta sus absurdas creencias, guía su conducta e inspira sus actos, con los resultados sabidos.  El niño recreado en la película de Almodóvar siente el primer asalto del deseo al ver desnudo a un varón adulto, y es tan fuerte el impacto que se desmaya. Este vertiginoso hecho de la pubertad devolverá a la vida al adulto que lo recuerda ahora, sumido en una depresiva crisis creativa.  A la postre, Dolor y gloria es la autobiografía de un par de generaciones de españoles, además de una argumentada proclama por la libertad. Un antídoto contra la atmósfera reinante.