Las escabechinas que practican los jefes para ahormar a su conveniencia las listas electorales no solo excitan las quejas de los reprobados, también dejan escapar comentarios sobre lo que podríamos llamar estrategia política. Entre los llamados marianistas liquidados por don Casado se advierte malestar por la deriva del pepé. Las elecciones se ganan en el centro, dicen las víctimas. Dejando aparte el error de confundir con el centrismo la pachorra de un conservador de pura cepa como don Rajoy, incapaz de gobernar sin mayoría absoluta, lo cierto es que el centro carece de entidad real más allá de ser la hipotética línea donde se encuentran la derecha y la izquierda. En ambos platillos de la balanza hay personas moderadas, dialogantes, pragmáticas, etcétera, investidas con los valores y actitudes que se consideran centristas, sin que dejen por ello de ser de derechas o de izquierdas. No es necesario un partido centrista; basta con poner a la tarea a los que ya lo son en los partidos existentes. En España, el único partido que ha llevado en la papeleta electoral la palabra centro fue la ucedé de Adolfo Suárez cuyas costuras reventaron por las tensiones internas de los grupos de derecha más que de izquierda que lo formaban. Lo que sí ocurre es que las circunstancias históricas desplazan el centro de tablero político a la derecha o la izquierda y así se puede decir libérrimamente que son de centro-derecha partidos, como los que forman el tridentino español, que se desplazan al unísono y al galope hacia el extremo de la regleta.

Pero ampliemos un poco el foco. A finales del siglo XIX se constituyó en Alemania el Zentrum, un partido de clases medias y campesinas de filiación católica que se oponía a la política de germanización del estado impulsada por Bismark. Era el enésimo avatar de la pugna entre el papado y el imperio que venía desde la edad media. En aquella época, el catolicismo alemán era, además de una religión, un vivero de posiciones políticas de muy amplio espectro, de la derecha más conservadora a una izquierda liberal. El sueño de un centrista, en resumen. El Zentrum se oponía a la hegemonía del militarismo prusiano, lo que no impidió que fuera  partidario de la intervención de Alemania  en la primera guerra mundial, pero cuando pintaron bastos se mostraron inclinados a un acuerdo de paz negociado, en el que tuvieron un importante papel. Aquellos centristas eran eclécticos sobre la forma del estado y a la caída del káiser devinieron republicanos y fueron uno de los pilares de la república de Weimar. Fue un periodo de prueba y a la postre trágico. El estado republicano se vio zarandeado por dos circunstancias inmanejables: una crisis económica global que había estallado, como la que conocemos, en la bolsa de Wall Street y la perentoria exigencia de los países vencedores de la guerra para que Alemania pagara las onerosas compensaciones que habían impuesto al vencido. Crisis económica y acreedores dispuestos a retorcer el pescuezo al deudor hasta que pague el último céntimo ¿les suena? En Alemania significó agitación social y el desplome del sistema de partidos, ¿les suena? El Zentrum detestaba a los nazis, un pequeño partido a principios de los años treinta, pero votó a favor de la investidura de Hitler como canciller. Poco después, el partido de los centristas fue ilegalizado, como los demás de la república, y la democracia, abolida.

¿Y esto que tiene que ver con nosotros? Ni idea. La errática imaginación del escribidor le ha llevado a pensar en ello cuando en el ámbito de nuestro así llamado centro-derecha se habla de acabar con el autogobierno de Cataluña, ilegalizar partidos, abolir derechos de las mujeres y expulsar a decenas miles de residentes presuntamente ilegales.