En la impedimenta del autor de la masacre de Christchurh, en Nueva Zelanda, se han encontrado, además de las armas y municiones utilizadas en la matanza, lo que podríamos llamar la teórica del atentado: una relación de nazis que han ejecutado en el pasado reciente crímenes supremacistas, a los que el neozelandés quería emular, y otro listado de batallas libradas en el pasado en Europa de las que al parecer el asesino se sentía participante y en las que otomanos y árabes seguidores del islam fueron derrotados. Sin duda, en este estimulante listado de batallas inspiradoras de la masacre debió estar incluida la de las Navas de Tolosa, a la que, junto a la de Lepanto, aludió hace unos días el capitoste voxiano don Ortega Smith como hitos que evitaron que las mujeres europeas vistieran ahora burka. Alguien podría pensar que don Ortega Smith y el asesino de Christchurch comparten una atmósfera ideológica común.

La batalla de las Navas de Tolosa tuvo lugar cerca de la localidad jienense de Úbeda en 1212 y en ella una coalición de los reyes cristianos de la península derrotó al califa almohade al que en la historia del bachillerato aprendimos a llamar Miramamolín. Entre los reyes cristianos que participaron en la sarracina estaba el de esta remota provincia subpirenaica, Sancho VII, llamado el Fuerte, al que la leyenda presenta abriéndose paso a mandobles hacia la jaima del califa, rodeado de esclavos del moro, encadenados y armados, que intentan en vano cerrarle el paso. Dícese que las cadenas del escudo de la provincia son las que rompió a hostias nuestro aguerrido Sancho, que en una etapa anterior de su reinado había sido aliado de los árabes almohades. Durante la dictadura de Franco la leyenda de las cadenas de las Navas de Tolosa adquirió rango de verdad histórica, enseñada en las escuelas, y su eco se alargó con naturalidad al periodo democrático como folclore o historia de pacotilla bajo el mandato de la derecha regionalista.

El despacho de respeto del palacio presidencial de la provincia exhibió durante décadas un tapiz triunfalista (en la imagen) cuyo cartón realizó el pintor Ramón Stolz, ilustrador habitual de las hazañas bélicas y misticoides del bando franquista, en el que se ve al rey Sancho a la grupa de su caballo encabritado machacando con la maza de guerra los aterrorizados y suplicantes cráneos nubios de la guardia del califa en lo que podría identificarse como una vibrante precuela de la masacre de Christchurch. En las fotografías de los encuentros y recepciones presidenciales en aquel despacho era inevitable que aparecieran también las cabecitas de los visitantes del presidente, gente de orden y timorata, alineados y sentados en un incómodo sofá decimonónico bajo la imperiosa maza del rey guerrero. Hasta que, en alguna fecha tardía de principios de este siglo, cuando ya hacía tiempo que Jiménez Losantos llamaba maricomplejines a la derecha en el gobierno, alguien debió pensar que el mensaje del tapiz era políticamente incorrecto y la anterior presidenta decidió trasladar su despacho oficial a otra área del palacio y decorarlo con paisajes más amables y sedantes debidos a los pinceles de Pedro Salaberri, un hombre de paz. La sedación ha durado poco. La derecha trifásica se prepara para la reconquista del castillo y vuelven los cruzados, los discursos desacomplejados y las mazas, trasmutadas en fusiles automáticos, en la nueva ola de la peste parda, versión trumpiana, que amenaza a las democracias occidentales.