Esta remota provincia subpirenaica tiene en su paisaje numerosos castillos. Unos recuerdan las fronteras medievales frente al moro; otros, las guerras banderizas que alumbraron el paso al estado moderno, y algunos más el rifirrafe aún irresuelto de carlistas y liberales para diseñar el futuro. Hay castillos que solo son ruinas; otros, meras referencias en los libros de historia sin rastro material, pero algunos han sido restaurados y operan como emblemas históricos o, como se dice ahora, lugares de la memoria, altares de la mitología doméstica: aquí, la corte de Carlos III el Noble; allá, la casa solariega de San Francisco Javier, y por ahí seguido. Tantos castillos y la afición popular a estas edificaciones almenadas han terminado por convertir a la provincia entera en una de ellas y, como para dar la razón a esta ineludible querencia histórica, la plaza principal de la capital se llama plaza del  Castillo. La provincia es un castillo tan vetusto que tiene hasta fantasmas. Hay un preboste, de nombre artístico Pérez Lapazarán, que viene siendo elegido diputado o senador o lo que sea desde que tenemos memoria y al que nadie conoce. Fui testigo de ello, en plan Iker Jiménez, una mañana de sábado en el mercado del ensanche donde pude comprobar que nadie miraba al fantasma que compraba acelgas, no por indiferencia o desprecio sino por pura invisibilidad. Nadie sabía que el tipo de las acelgas era su  representante en el parlamento de la nación desde antes de que ellos nacieran. Los indígenas de por aquí hemos introyectado de tal modo la experiencia histórica de vivir intramuros que nos da  vértigo la sola idea de abrir las puertas e incluso los ojos porque fuera siempre hay un enemigo al acecho.

Desde hace, digamos, ochenta años, el enemigo es una mezcla de nacionalistas vascos, republicanos irredentos e izquierdistas de variada vitola por lo que la misión geoestratégica del castillo es defender el reyno de España de su asalto. La heterogénea coalición de invasores se hizo en la última legislatura con las llaves del salón noble y de la caja de los dineros  por causa de la malandanza de la derecha en el gobierno y la volubilidad de la población deseosa de cambio. Ah, el inconstante pueblo. Pero los altos guardianes del castillo se aprestan a poner remedio a este error histórico y la derecha regional, que ha mandado en la fortaleza durante treinta años, ya ha firmado un acuerdo electoral con el pepé y firmará otro con los ciudadanos a la espera  de que, de alguna manera, se sumen los voxianos por último. Es el camarote de los hermanosmarx de la derecha española: un espacio angosto donde se apiñan  gentes que están a sus negocios y dicen no tener nada en común pero que parecen encantadas de emprender juntas y bien apretaditas la singladura. Para llegar a este punto, los ciudadanos de color naranja han tenido que renunciar a sus principios liberales de igualdad fiscal de todos los territorios del estado y aceptar la singularidad foral del castillo, lo que han hecho encantados porque han descubierto que los principios están para cambiarlos si no complacen al interlocutor y, créanme, si hay algo que gusta a todos los habitantes del castillo, sin distinción de credos, es el privilegio fiscal que llamamos con unción derechos históricos y que define la marca geográfica del fracaso del estado unitario y liberal del siglo diecinueve. Para eso sirven los castillos.