Los telefonillos móviles tienen una aplicación a la que llaman podómetro que cuenta los pasos que da el usuario portador del aparatico. Cuando se llega a cierto número de pasos, seis mil, digamos, el chisme te regala con una ovación y un puñado de confeti virtual que inunda la pantalla. El deseo de reconocimiento y la servidumbre tecnológica forman un lazo compacto que ata al usuario. No hace falta añadir que esta aplicación es especial para los viejos en los que concurren la movilidad limitada y la ilimitada admiración por tecnologías cuya función y sentido no comprenden.
Estas fechas de octubre en las que se anuncian los premios nóbel operan en ciertos colectivos de viejos como un podómetro y anuncian quién sí y quién no ha hecho los méritos suficientes para ser agasajado con el confeti del premio de su especialidad. Luego, el otorgamiento de las academias nórdicas es objeto de una brevísima y marginal discusión sobre el acierto y la pertinencia de su decisión anual, y de inmediato, el olvido, hasta el otoño próximo. El nóbel de literatura suele ser el premio más discutido a pesar de que, salvo escasas excepciones, es dado a escritores que son conocidos, que no leídos, solo en su propia lengua.
Pero este año nos tiene en un ay el premio nóbel de la paz. Si todos los premios son discutibles, este es el más corrompido del mundo, con la probable excepción del premio planeta de novela. Este se da a escritores mediocres o a escritores de calidad por una obra mediocre y el nóbel de la paz se otorga a carnívoros que se toman una pausa en su régimen de depredación. Los demás premios nóbel dejan una huella más o menos firme y duradera; el de la paz solo da un respiro en las trincheras. Este año es el más esperado porque, a despecho de la fingida humildad con que los premiados acogen el galardón, hay un aspirante que lo ambiciona y expresa su ambición todos los días en todos los registros de su discurso: del resentimiento a la amenaza pasando por una charca de inagotable vanidad.
Trump necesita el confeti del premio nóbel y lo reclama perentoriamente con su característica insistencia y fiereza. Esta mañana, el lector de periódicos no sabía si la importancia del alto el fuego en la franja de Gaza radicaba en el cese (¿momentáneo?) del genocidio palestino o en que era un peldaño decisivo para que el emperador de occidente recibiera el premio nóbel de la paz. Desde que viene reclamándolo se ha inventado una contabilidad de siete u ocho guerras detenidas por su intervención y que, como los sobres de dinero del caso Koldo, nadie identifica. La de Gaza es un alto el fuego bienvenido pero tal vez inevitable por ambas partes: Jamás había perdido toda la fuerza y legitimidad ante su propia gente e Israel toda la reputación internacional que le quedaba.
La paz (¿?), no obstante, no la ha promovido ningún imperativo moral u humanitario sino la lógica de los negocios. El universo de míster Trump está hecho de círculos concéntricos, él lo preside y opera por su interés personal y de su círculo familiar y societario, y lo que ocurra fuera de este gang íntimo se la trae al pairo. Este núcleo es el mirador a través del cual contempla el mundo y desde el que se entrega a ensoñaciones de tipo duro y dominante. Admira a otros tipos duros que gestionan sus propios territorios siempre que respeten el suyo. El hecho que llevó al alto el fuego fue el error de Netanyahu cuando bombardeó Doha para liquidar a unos jefazos de Jamás. Qatar es una de las bases operacionales de los negocios de Trump: un agente de mediación política y un obsequioso socio comercial para el inmenso negocio en que promete convertirse Oriente Medio y en el que los palestinos supervivientes tendrán empleo como camareros y aparcacoches. Ahí Natanyahu la cagó y vino todo lo demás y con suerte también el premio nóbel de la paz.
Cuando el escribidor llega al final de esta divagación recibe la noticia de que el ansiado galardón ha ido para la lideresa venezolana María Corina Machado por su oposición al régimen de Nicolás Maduro. El emperador de la cresta naranja no estará contento en su vanidad pero podría haber sido peor. En Venezuela hay buenos business para celebrar una joint venture entre la pacífica y el guerrero. Ella agita la acreditación del nóbel y él bombardea barcazas en el Caribe, y todo gratis total.
¿Y si los miembros comité para la concesión del Nobel de la Paz hubiesen tomado esa decisión aparentemente disparatada movidos por sus anhelos de paz mundial con el fin de unir, a causa de un mismo agravio, dos corazoncitos heridos, el de Trump y el de Maduro?
¿Sugieres que el emperador agraviado podría crear el premio Trump de la paz y dárselo a Maduro? Cosas más raras se han visto, aunque es seguro que en este caso el premiado habría de pagar elevados aranceles por el premio.