Todos los fascismos tienen en su iconostasio un protomártir, que sirve de enardecida inspiración a sus tropas. El perfil es en todos los casos similar: un joven militante, connotado y en ocasiones agresivo de palabra y obra, asesinado por un sicario del bando contrario. Lo tuvieron los nazis alemanes en Horst Wessel; los falangistas españoles en Matías Montero, y ahora lo tiene la internacional trumpista en Charlie Kirk. Estas víctimas son objeto de pompas fúnebres muy solemnes, a medio camino entre el funeral vikingo y la canonización de un santo vaticano, y de ellos se glosa su ardor guerrero por la causa compatible con una personalidad tierna y atenta, de buen hombre de familia, leal camarada y maestro de ideas y costumbres.
Como los dos primeros mencionados son agua pasada (¿?), hablemos del que está de actualidad al que el emperador de la cresta naranja ha dedicado el siguiente panegírico: Grande y legendario, nadie entendía el corazón de la juventud de Estados Unidos de América mejor que Charlie. Pero como míster Trump nunca hace nada a cambio de nada hay que recordar que el héroe asesinado hizo todo lo que pudo, que no era poco, para atraer innumerables votos juveniles a la candidatura del presidente en la elección a la casablanca.
El tal Charlie Kirk fue un conservador de extrema derecha, predicador (o influencer) muy dotado y polemista intrépido, que empezó su cruzada durante el segundo mandato de Barack Obama y era seguido por varios millones de adeptos a sus redes sociales, frustrado porque no pasó el examen de ingreso a la carrera militar y carente de cualquier otro crédito académico de lo que alardeaba en discursos y debates no importa el tema que se tratara. Su ideario, sin matices, era previsible: propagandista de las armas de fuego, xenófobo con la inmigración, negacionista del cambio climático y hostil a las políticas de género. Un acabado estereotipo del homo trumpicus.
Nobody is perfect, sin embargo. Para que la leyenda quedara redonda hubiera sido necesario que su asesino (presunto) fuera un izquierdista radical, pero como reconoció de inmediato el gobernador de Utah, el estado donde se cometió el atentado, es uno de los nuestros. Es decir, no es un narco venezolano, ni un terrorista palestino, ni un cuñado de Hillary Clinton ni siquiera un votante español de sumar (con lo que le hubiera gustado eso a doña Ayuso) sino que era un joven criado en la misma América que ha alumbrado a Trump y a Kirk: conservador de clase media, absorto en los videojuegos y partidario del uso de las armas para dirimir diferencias vecinales. A modo de explicación, las autoridades han aclarado que el tipo se había politizado en los últimos tiempos, si politizarse significa dejar mensajes como ¡Oye, fascista! ¡Atrápalo!, Oh, bella ciao, bella ciao y Si lees esto, eres gay jajaja, que se hallaron inscritos en los casquillos de bala.
En un país donde es rutinario que un chiflado ametralle niños en la escuela con un arma automática, el asesinato es como la tauromaquia en España, tiene partidarios y detractores, y así ha ocurrido ahora, lo que ha dado lugar a despidos laborales entre quienes han celebrado el atentado en público. España ya no está en la época de Carrero Blanco y nadie lo ha celebrado pero, por si acaso y para no perder la oportunidad de cargarle el crimen a don Sánchez, el líder de la oposición lo ha equiparado a las protestas en la vueltaespaña. Todo vale para el convento. Y su segundo don Tellado se ha puesto didáctico preguntándose qué pasaría si un ultraderechista matara a un activista de izquierdas. La respuesta es sencilla, que estaríamos buscando dónde está enterrado. Es lo que tiene no leer libros. Acertijo: ¿en qué se parecen don Tellado y Charlie Kirk? En que sin leer libros tienen millones de seguidores. Espero que esta broma no sea interpretada como una incitación al crimen. No lo es.
Si los y las zopencas del PP leyeran libros, sabrían, quizá, que, según cuenta Tucídides en su historia de las guerras del Peloponeso (libro V, 49-50), los organizadores de los juegos olímpicos griegos (los miembros del consejo (boulé) de Olimpia), excluyeron a Esparta de la participación en los celebrados el año 420 a.C., por no haber respetado la tregua sagrada que se imponía a todos los griegos con motivo de las Olimpiadas. Es decir, que hace unos 2450 años ya se mezclaba (¡qué horror!) la política con el deporte, cosa que a nuestros y nuestras peperas les parece una barbarie sanchista. Pero, ¿sabrán acaso quién era Tucídides, si ni siquiera parecen saber nada sobre los variados vetos impuestos a Sudáfrica y Rusia en materia deportiva, o el boicot de EEUU a las Olimpiadas de Moscú de 1980, por citar solo unos pocos casos muy conocidos? Y eso que, para saberlo, no hace falta haber leído ningún libro.
Hola, Casandro. Gracias por tu comentario que pone en contexto, como se dice ahora, la peliaguda cuestión de ‘deporte vs. política’. Qué suerte tienes de que Tucídides te sea más próximo que doña Ayuso. Es un paliativo contra la locura. Parafraseando a los famosos amantes: ‘siempre nos quedarán los libros’. Un saludo.