La teoría epicúrea afirmaba que en el mundo todo fue hecho no por un ser divino sino por la colisión y la combinación de átomos (La edad de la penumbra, Catherine Nixey, 2024).

Porque en cada encontronazo, y, créanme, son muy frecuentes, entre la materia y la antimateria siempre gana la primera por puntos. No es fácil encontrar una respuesta más consoladora. La han descubierto los operadores del Gran Colisionador de Hadrones -¡hala ya!-, ese circuito de alta competición para vehículos nanométricos alrededor de la ciudad de Ginebra por donde circulan a toda pastilla partículas subatómicas que chocan produciendo un chisporroteo en el que es posible atisbar el origen del universo, el momento del Big Bang en el que surgieron los dos extremos en pugna –el ser y la nada, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, los ángeles y los demonios-, en principio empatados en fuerza y que no han cesado de chocar desde entonces produciendo un desequilibrio constante a favor de la materia, al que se ha llamado con el enigmático y turbador nombre de  violación de la simetría o paridad de carga.

Los investigadores de estos choques inducidos estiman que las partículas sobreviven en un dos por ciento sobre las antipartículas, y si bien este resultado empírico confirma predicciones teóricas previas no es suficiente para explicar la evolución del universo en el que la materia se impone a la antimateria por goleada. Es decir, la vida es infinitamente más fuerte y enérgica que la muerte. ¿Por qué? Bien, eso es lo que están investigando.

Los legos no podemos entender la ciencia en sus propios términos pero nos sorprende comprobar que sus conclusiones cuadran a nuestra esperanza. Incluso, que puede ser traducida al lenguaje analógico que nos es propio. La ciencia embrida la fantasía pero insufla consuelo y es remedio contra el desespero mejor que cualquier otra pócima. Si llueve o truena, tenemos meteorólogos; si el cuerpo no responde, tenemos médicos; si queremos volar, tenemos ingenieros aeronáuticos. Conviene recordarlo en esta época que se ha entregado al negacionismo y da vitola alardear de que la tierra es plana. Es cierto que la ciencia disponible no siempre acude en nuestra ayuda pero podemos acogernos a la sabiduría de los aldeanos de Amanece que no es poco, que jaleaban a su alcalde: nosotros somos contingentes pero tú eres necesario. En esta famosa y hermosa peli de José Luis Cuerda es el esfuerzo de los personajes por dominar el lenguaje de la razón el que hace soportable, incluso feliz, casi paradisíaca, una realidad caótica.

Malos tiempos para la ciencia. Los bárbaros, que proliferan como hongos venenosos en el huerto doméstico, quieren abolir la ley de la gravedad a la que denigran llamándola pensamiento único. A su turno, los encargados del cuidado del huerto, que dormitaban en la placidez de un tiempo ido, encuentran muchas dificultades para oponer un discurso alternativo basado en la realidad de los hechos empíricos. Porque, como escribió el otro: la ciencia es lenta, dubitativa y elitista mientras que el pensamiento mágico es ágil, asertivo y democrático, y la tentación de sustituir una proposición lógica por un conjuro es irresistible. En este contexto, el asalto a Torrepacheco fue un conjuro: una caza de brujas. Entretanto seguimos viviendo porque la materia gana la partida a la antimateria por un apretado tanteo del 2%.