¿Qué significa el rechazo de los presupuestos generales en el parlamento? En principio y en teoría, que se ha entrado en un periodo de suspensión de la principal actividad del estado, la que justifica la existencia y la legitimidad del gobierno: la buena administración de la cosa pública. Pero esto es en teoría. Desde que la economía es un casino y la política un rifirrafe de bandas por el control del juego en la ciudad, se ha desanudado el lazo que mantenía unidos presupuestos y gobierno. Ante el resultado de la votación en el congreso, los comentarios de prensa escrutan el comportamiento de la bolsa y las expectativas electorales de los partidos, como si el pueblo soberano estuviera compuesto de inversionistas y políticos profesionales. La plebe, en nombre de la que se gobierna y a la que presuntamente se dirigen los desvelos de los gobernantes, ha recibido en la torrentera de comentarios una atención tangencial, anecdótica. La sociedad, la gente o quiera llamarse es solo una mera referencia para la demagogia. En realidad, está fragmentada en grupos de intereses y su vínculo con la política es una mezcla de emotividad, inopia y, a veces, mala fe.

Sonámbulos es un acertado epíteto –que tomamos prestado del título de un libro referido a la primera guerra mundial del historiador Christopher Clark- para describir el comportamiento de los dirigentes políticos que se encaminan hacia la catástrofe. No sabemos qué dimensión tendrá la incubada esta mañana en el congreso de los diputados. Tampoco lo saben quienes la han incubado, ni siquiera si se podrá llamar una catástrofe. Por lo que llevamos viendo, la política es una sucesión de desbarres y tropezones a partir de una decisión de apariencia banal de la que nadie puede o quiere prever sus consecuencias. Que se lo pregunten a los británicos y su bréxit, para no mentar las pifias de los de casa. La desconfianza y el miedo hacia el otro son rasgos determinantes en un escenario reglado por la competitividad de todos contra todos, en el que la cohesión social se cuartea y cada grupo se parapeta en su isla desde la que otea con extrema desconfianza a los otros. La plaza pública está agitada por dirigentes desconfiados, gritones y medrosos que se creen astutos mientras un tóxico deseo de autoridad se instala poco a poco en el común. Es lo que finamente llamamos populismo. Nadie se atreve a dar por amortizada la democracia con la que cada día trastean los que elegimos para defenderla y gestionarla. Ahora mismo el principal problema político del país está en manos de los jueces del tribunal supremo, y nada hay más autoritario que una sentencia penal.