La ley de Godwin es una norma de atemperación retórica que se formula así: A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno. En estos tiempos de agitación ni siquiera es necesario que la discusión se alargue: empieza directamente por ahí. Los nazis, o más frecuentemente los fascistas, es el término que emerge casi de inmediato cuando se alude a los partidos que están tiñendo los sistemas democráticos de la unioneuropea. El término fascista es inexacto e impropio para definir estos movimientos, pero las denominaciones alternativas, populismo de derechas, extrema derecha, ultraderecha, etcétera, además de igualmente inexactas tienen algo de elusivas, como si quien las formula no quisiera mentar la bicha. El nazismo y el fascismo son no solo ideologías políticas de un concreto periodo de la historia europea sino campos semánticos referenciales riquísimos en significados para entender hasta qué grado de abyección puede caer una sociedad en origen democrática. Aludir a ellos es asomarse al Inferno del siglo XX, del que las sociedades europeas creyeron salir para siempre hace ocho décadas, y los españoles, hace cuatro. Un modo campechano y típicamente celtibérico de denominar a esta nueva derecha es calificarla de sin complejos, vale decir, sin medida ni barrera para conseguir sus objetivos. Pero, ¿es que ha habido en la historia una derecha más desacomplejada que la que representaron los nazis y sus secuaces en toda Europa?

El orden del día es una crónica novelada de Éric Vouillard que, al parecer, ha registrado cierto éxito de ventas, debido, seguramente, a que se trata de un relato corto, ameno y vibrante sobre un tema que, como indica la ley de Godwin, sigue siendo irresistible: la toma del poder por los nazis en Alemania y las premisas de la segunda guerra mundial. El relato describe mediante secuencias breves y muy vívidas, fieramente trazadas, unos pocos acontecimientos bien sabidos: la decisión de los consorcios industriales alemanes de financiar a Hitler, el ensimismamiento cobarde de las democracias británica y francesa ante los desacomplejados chantajes y amenazas de Alemania y la anexión de Austria favorecida por la inhibición de las potencias democráticas y el régimen autoritario nacional-católico que gobernaba el país. De añadidura, el relato presta atención a un aspecto clave del nazismo que explica en buena medida la fascinación que aún hoy ejerce en el imaginario colectivo: su presencia intimidante y grandiosamente teatral debida a una utilización de la propaganda inédita hasta entonces y cuyo rastro llega cada día hasta nosotros a través de los archivos documentales en la red y las replicaciones incesantes en el cine. En realidad es de esto último de lo que versa El orden del día: la presencia latente del nazismo, o de sus rasgos constituyentes, entre nosotros, a saber,  los consorcios industriales y financieros que gobiernan nuestras vidas y manejan a los actores políticos al servicio de sus intereses (algunos de estos consorcios son los mismos que financiaron a Hitler, y el autor los nombra); los gobiernos democráticos, pusilánimes e impotentes, que no dudan en pactar con las innombrables fuerzas emergentes, y una hiperactividad propagandística cuya única diferencia con la que activó Goebbels es tecnológica. Mientras la situación histórica siga esta deriva, la ley de Godwin tiene garantizada su validez.